martes, 13 de septiembre de 2011

CUANDO LOS LABIOS NO SONRÍEN


Anochecía y el recuerdo le quemaba el alma. El sol ocultándose tras el horizonte, dejaba al descubierto los grandes fantasmas de un pasado pleno de remordimientos, un pasado vacío de significado. Ahora, cuando creía rozar la mitad de su vida, se sentía solo, cuando los ojos ya no lloraban y os labios no sonreían, al atardecer de los sentidos, delante de unas páginas en blanco, con un vaso en las manos, se dejaba invadir por mil sensaciones, intentado llegar a los más íntimo de su ser. Para conocerse, para odiarse tal vez o para quererse y poder, así, reconciliarse con el mundo.

Era entonces, en esas horas tardías, cuando su corazón la llamaba, de su garganta escapa un nombre para rebotar por las paredes desnudas de la casa vacía.

Los recuerdos se agolpaban. Un árbol, un río, sus frías aguas corriendo veloces cauce abajo, aquélla piedra redonda dónde sus cuerpos reposaban, la brisa suave que les hacía temblar, las promesas perdidas, los lazos rotos, sus azules ojos mirándole.

¡Había amado tanto!. Todo lo perdió.

Quizás su orgullo le impidió volver, quizás la marea de la vida le volteó con tanta fuerza que no tuvo el valor suficiente para luchar contra ella, quizás la vida sea injusta, quizás la muerte les una.

Apuró de un trago el vaso que sostenía, y, cómo cada noche, comenzó a escribir una carta que jamás terminaría, una carta que nunca sería leída. Letras que alimentarían las llamas de la chimenea encendida, el viento del otoño esparciría el mensaje, las cenizas reposarán en tierra fértil.

De nuevo repitió su nombre, una y mil veces, para conjurar el pasado, para volver al inicio, para no sentirse otra vez solo, para tenerla de nuevo, para llorar por ella, sentir su pelo, tocar sus manos, rozar sus labios. Se dejó transportar por el tiempo, otra vez los recuerdos...

La lluvia mojaba sus caras, corrían a refugiarse en aquella casa abandonada, reían como dos niños. Colgaron las ropas, se sentaron juntos, hablaron, se abrazaron, los besos impregnaron las viejas paredes de madera. Las palabras de amor se fijaron para siempre en las habitaciones cerradas, el olor a tierra, el golpear de las ramas...

Suspiró, abrió los ojos y de nuevo se encontró en su casa vacía de paredes blancas. No llovía, no hacía viento, las estrellas en el cielo le gritaban mil canciones.

El corazón le dolía. El alma despertaba para morir cien veces.

La noche, inexorablemente larga, larga, oscura y pesada, se fijaba para siempre llenando el corazón solitario.

Él se engañaba con la felicidad mundana, los halagos, las risas, el trabajo y la adulación. Rodeado de personas a las que no importaba en absoluto acallaba los sentidos. Pero al llegar la noche y salir la luna, en el ocaso del sol, la verdad aparecía de nuevo.

Ahora la llamaría, esta noche apacible terminaría esa carta maldita.

Escribió palabras tiernas, solicitudes de perdón, derrochó el amor que nunca se atrevió a confesar, la llamó mil veces.

De tinta llenó los espacios blancos del papel marchito, las lágrimas corrían por las mejillas, la noche terminaba.

Rasgó los folios escritos, rompió el pasado en mil trozos. Se vistió de sonrisa, se adornó de soberbia y anduvo el camino de siempre.

Saludaba de un lado a otro miraba el sol de la mañana. El portafolios en la mano, gafas para los ojos, un traje gris, la gabardina impecable, henchido el pecho.

Despertaba las envidias, las pasiones. La vida le sonríe –decían- al verle, el paso decidido el caminar altivo. El sol ocultaba las heridas cual bálsamo cicatrizante. El ruido acallaba los deseos, el mundo, girando, embrutecía los sentidos.

Una intensa punzada, dolor en el pecho, cae la cartera, se doblan las rodillas, más dolor, la niebla oculta la calle, los gritos en silencio, ve y no siente. La cabeza golpea el suelo, el dolor termina, de sus labios inertes una súplica, un nombre, María.

Ella viene, le sonríe, acaricia sus sienes. Le tiende la mano. Un túnel, a lo lejos la luz, la pradera verde, el océano azul, los colores, allí le espera.

En las nubes se aman, se encuentran sus almas gemelas. En la tierra reposan los restos que a nadie le importan.

viernes, 8 de julio de 2011

Explorar




Busqué un atisbo de esperanza, quizás para no perder el último resquicio de cordura. Porque al perder toda la ilusión se va la vida.
No podría encontrarla en los acantilados heridos por el mar. Ni en los océanos oscuros de corrientes inciertas. En las gaviotas de graznidos imposibles, aves entre la tierra y el agua, presagio de costas para navegantes exhaustos.
Tampoco se encontraba en los amarillentos campos de castilla, cuyo trigo eleva la espiga hacía el cielo azul, vestida con traje de oro, mecida por el aire, creciendo, madurando para convertirse en alimento.
Anduve por glaciares helados. Fría nieve, blanca pureza que nadie mancilla. Donde las estrellas se dejan ver con toda su magnificencia. Inhóspito hábitat para el ser humano. Para que nadie viole su mudo canto, su espeso hielo sus cumbres rotas. El espacio puro que lanza la tierra hacía el universo.
Me perdí en ciudades bulliciosas, donde el cielo se sustituye por montones de bombillas, las personas pierden la identidad y todas las risas suenan igual. El culto a los sentidos es su religión, el dinero su dios. Un dios menor de papel, esquivo, cruel y caprichoso, inventado por hombres y por ellos denostado.
En laberínticas calles perdí la percepción de la realidad veraz. Confundidos los sentidos por voces anónimas, reclamos fugaces de felicidades vanas. Tiempo de vértigo que anula el alma.
Anulado el ser en la prisión de asfalto, anclados los pies a un falso dorado y arrastrando las cadenas que había creado, me perdí adormeciendo las sensaciones.
Dejé escapar los sueños acampando en el sendero, porque el camino era largo y el esfuerzo baldío.
Pero una mañana desperté y vi el sol asomar por el horizonte. Los oídos ensordecidos por notas discordantes, percibieron el canto lejano de un pájaro libre.
Comencé a recordar y volvió a mí el olor a pan recién hecho, el murmullo del río en la montaña, el reloj de pared que marcó los días libres de mi infancia. Las olas acariciando la playa, los pies en la arena, el sol calentando los hombros cansados. La mirada clara de unos ojos nuevos.
Al igual que el ave fénix, me quemé en el fuego de mi propia ignorancia buscando espejismos de la felicidad deseada. Renací de las cenizas fortaleciendo el corazón y con el alma avivada.
Busqué en el viento, en una gota de agua, en la lluvia cristalina, en el chisporroteo de un leño ardiendo en la chimenea de piedra, en el silencio.
Busqué y encontré la ilusión perdida, la esperanza nueva.


Marisa

lunes, 13 de junio de 2011





Se abrió la mañana despertando entre niebla. Salió el sol de su letargo, emergiendo en las azules aguas del mar en calma. Regalando destellos rojizos y depositando miles de puntos luminosos desde el horizonte a la playa.
El faro apagó sus avisos sonoros, que en las horas previas al alba, alertaba a navegantes de su proximidad.
El silencio era roto por las pequeñas olas al chocar contra las rocas.
A lo lejos la ciudad se despertaba.
No llegaban sus ruidos ni ajetreos hasta el acantilado, quizás fuera otro mundo, otra dimensión. Allí se guardaban los problemas cotidianos, la lucha, la desesperación y los sueños rotos.
Una gaviota inició su vuelo delante de mis ojos. Mi alma voló con ella. Desplegada sus alas, sin esfuerzo, columpiándose en las corrientes de aire.
Dejé que me transportara por mundos ajenos, y pude contemplar todo desde la perspectiva que da la altura.
Ajeno al ser, desapego total. Pertenecía al viento, alcanzaba las nubes, planeaba sobre aguas cristalinas.
Hubiera vívido así toda la eternidad. Pero se rompió la magia.
Un avión surcó el cielo, y el ruido de sus motores hizo que volviera a la realidad.
Esa realidad de la que quería huir. Por unos instantes lo había logrado. No era suficiente.
Delante de mi se abría un mundo de posibilidades. El acantilado me invitaba a volar y no regresar jamás.
Detrás las cadenas del día a día aprisionaban los pies. Cadenas que yo había forjado pero que no podía romper.
¿Saltar o volver sobre mis pasos?. ¿Libertad o lucha?.
La elección no era difícil. El cuerpo cansado, el alma dormida y el corazón sangrando.
Un paso adelante. El olor del mar, el viento en el rostro.
El vacío espera, me llama.
Siento la hierba húmeda bajo los pies descalzos.
Saltar; es lo único que deseo. Terminar con todo. Huir.
A lo lejos las velas desplegadas de un barco. Cierro los ojos para imaginar mi cuerpo en la proa. Puedo sentir el cabello alborotado, el salitre en el rostro.
Mis pies se adelantan de nuevo, rozan el borde del precipicio.
Paz, tranquilidad. En unos instantes todo habrá terminado.
Siento una voz, tenue al principio, fuerte después
.-¿cobarde?
¿Cobarde? ¿Por qué?, ¿Por no haber saltado ya?
.-¡cobarde! Vuelve la voz, ¡ por no vivir!
.-¿vivir?, Contesto, ¿Para qué?, ¿Para morir un poco cada día?
Silencio
Un silencio que duele, se clava en el alma. La soledad se hace patente.
Los sonidos se acallan, sola yo conmigo. Un viaje al interior. Vértigo.
El mundo se acelera, todo va más deprisa, las sensaciones se evaporan. Fluyen los sueños y despierto.
No han de herirme más las noches sin lunas, los días estériles.
El vacío sigue esperando. El sol, en el cenit, abrasa mi cuerpo. Todo da vueltas, las piernas se doblan. La oscuridad llega.
Nada siento, el tiempo detenido, ¿habré muerto?.
Unos brazos me sujetan una mano me sostiene, me aferré a ella.
Abro los ojos y encuentro una sonrisa
Ahora, aunque cada día muera, me refugiaré en sus ojos y su risa será el bálsamo que alivie las heridas.

viernes, 29 de abril de 2011



La Boda Real desde la oficina


¡Santo dios, que día llevo!. Me han llamado para saber si en Ibiza llovería este fin de semana, y yo sin tener el título ese que hace falta para ser meteorólogo y entender las isobaras.
Por otra parte todo el mundo está de boda. Revuelo en Internet al salir la novia de un gran coche, páginas colapsadas. Que digo yo ¿no podía haberse casado en un día no laborable?, es que son ganas de fastidiar, que en la oficina tengo que estar atenta para que el jefe no me pille...
Ha salido del despacho sin hacer ruido, y yo tan ensimismada delante de la pantalla, viendo el vestido de la novia los gestos del novio, no me he dado cuenta hasta que él ha dicho
-Señorita, (siempre nos llama señoritas aunque tengamos cien años, que no es el caso, aún zapatero no ha puesto tan alta la jubilación), le falta la pamela.
Del susto que me ha dado, he tirado el vaso de agua (que es muy bueno, según dicen, beber mucha agua) encima de la mesa, ha escurrido por ésta hasta llegar a mi pantalón y claro he saltado para no mojarme.
Desastre total. Al saltar he dado un cabezazo al jefe que tenía tras de mí. He tirado la silla que se le ha caído en el pie malo, no he evitado que el agua empapase el pantalón del traje, y eso que en la etiqueta ponía “no lavar, limpiar en seco”.
El jefe, sangrando por la nariz, con el pie cojeando se ha retirado de mí rápidamente.
Yo, solicita, he intentado buscar un pañuelo en mi bolso con desparrame total del contenido sobre el suelo. Las llaves, el móvil, la cartera, unos caramelos, unas pastillas, la sacarina, una agenda, el tique del súper, la tarjeta del lavacoches, el tabaco, varios encendedores, tres bolígrafos de propaganda, una galletita de esas que ponen con el café en el bar de frente, y ¡horror! Un preservativo. ¿Pero desde cuando tengo eso en el bolso, y de dónde ha salido?.
Pero he sacado el kleneex y se lo he entregado con cara compungida.
Él después del asombro inicial y de colocarse el pañuelo sobre la nariz se ha fijado en lo único que quería hacer desaparecer, ¡el condón!.
Lo ha recogido del suelo, me lo ha entregado y con sorna me ha dicho
-Si que piensa usted celebrar bien la boda, no sabía que era tan peligrosa una boda real.
Me he disculpado un millón de veces, he intentado explicar, sin mucho éxito, que “eso” no era mío. Pero él se ha alejado con una sonrisa malévola.
Mientras tanto los compañeros se han desternillado, Manuela no llegaba ni al baño, Esther lloraba de risa, Armando se retorcía en su asiento, Juan tenía hipo...
Vamos que hoy le he alegrado el día a toda la oficina, a todos menos a uno claro, y sin proponérmelo.
Al cabo de unos minutos me ha llamado el jefe a su despacho. Yo temblorosa esperaba un despido o una bronca muy gorda.
Él, aún sonriente, (hay que reconocer que es todo un caballero) me ha invitado a entrar y a sentarme en el sillón delante de una pantalla de televisión dónde trasmitían la dichosa boda.
-Aquí estará más cómoda, me ha dicho.
En ese momento he deseado que se hundiera el mundo.
Pero el mundo no se hunde cuando uno quiere, así que pasados unos minutos de cortesía que me parecieron siglos, me he retirado a mi mesa a “trabajar”.
Mis compañeros, graciosillos ellos, habían llenado la pantalla del ordenador con esos papelitos de colores que se pegan y se llaman post it, y frases como “sácale provecho” “si quieres lo estreno contigo” “mira la fecha de caducidad”, “vive la boda loca” “¿aún los usas?”. Y por supuesto el látex dichoso en el centro.
Les he gritado ¿os habéis divertido ehhhhhh?
-no sabes cuanto, me han contestado.
-Aún tengo agujetas en el estómago me han dicho.
Con mi dignidad hecha trizas y la nariz de mi jefe también (tenía el aspecto de un boxeador después de una pelea), ha transcurrido la mañana hasta que ha llegado la hora de salir.
El jefe, el primero en salir se apoyaba en una muleta, y yo, solícita, le he preguntado
-¿quiere que le ayude-
-No, me ha contestado, mejor que no, ¿no cree que ya tengo suficiente por hoy?
Cuando se lo he contado a mi amiga ella me ha contagiado su risa y entonces, al recordar la situación he podido reír.
Lo peor habrá sido cuando mi jefe haya llegado a su casa e intentado explicar qué le ha ocurrido en la oficina.
Para que después digan que no es peligroso trabajar en un despacho.


Marisa martín

martes, 26 de abril de 2011




El tiempo que se termina no vuelve


El viento enfurecido arrastraba las olas hasta hacerlas chocar con ira contra las rocas, levantando espuma blanca, y llevándose, en cada abatida, micro trozos de su alma inerte.
El cabello enredado, los árboles murmurando en un vaivén de hojas entremezcladas, batiendo las ramas para no dejarse quebrar por la tormenta.
El temporal borra las lágrimas del rostro, fundiéndolas con la lluvia que brota de los negros nubarrones.
Al fondo, a punto de zozobrar, una pequeña embarcación hunde su proa en las turbulentas aguas.
En su vaivén se pierde la mirada, en el horizonte se funde el alma, en los acantilados se parte el corazón.
El tiempo detenido en el infinito. En la noche no hay estrellas y la luna no abre su camino en el mar para acudir a él.
Se ha detenido el planeta, los astros ya no giran. El universo entero se lleva el alma maltrecha dejando un cuerpo inerte.
Un frío banco de piedra, el mar abierto al frente. La lluvia torrencial barre el último resquicio y se lleva el aliento postrero. Los ojos abiertos con la mirada cerrada al amanecer que entre las nubes se vislumbra.
El arcoíris envuelve los huesos, mas no le pertenece el cuerpo que reclama la tierra.
Tierra roja y fértil que hará crecer margaritas del frágil envoltorio que es la carne.
Mientras, en un nuevo día, el fuego del sol calentará miles de corazones.
Muy pocos llorarán por esa vida perdida.
Al otro lado, en la dimensión opuesta, la paz, al fin, inunda el alma conseguida.
El espíritu sonríe. Las cargas ya no existen, el peso se ha ido. Libre vuela sobre un mar azul, sobre la verde hierba, habla con las montañas y grita al aire fresco de la mañana.
En una silla alguien llora. Son lágrimas por el tiempo perdido, por palabras no dichas, por los instantes vacíos.
El universo comienza a moverse. Un espíritu le envuelve susurrándole consuelo. Sus hombros se estremecen, hace frío. Suave algodón que limpia el rostro y él entiende.
Al comprender, seca sus lágrimas, extiende las manos para fundirse en el último abrazo.
Cielo y tierra se unen, agua y fuego se mezclan. El adiós se convierte en hasta luego.
Al llegar el sueño piensa que hablará con ella. Pero no estará. Así la garganta enmudece y aquello que no dijo se le clavará como dardos ardientes.
El tiempo que se termina no vuelve.


marisa martín

jueves, 31 de marzo de 2011


LA BODA El otro día recibí una invitación de boda. ¡Horror!, si no conozco ni a los novios... Una prima de mi madre era la madre la contrayente. Se me invita a la boda porque los novios, emulando a los famosos, han decidido casarse en Ibiza. Ya supongo que será un fracaso, las dos familias, novios incluidos, son de un pueblo castellano, de esos que cada vez tienen menos habitantes, mi marido me dice que soy una pesimista y mal pensada. ¡Qué sabrán los hombres de bodas!. Ellos se colocan un traje, una corbata y calzoncillos limpios y ya está. Bueno concedo que algunos van a la peluquería y los hay que hasta se broncean antes y se depilan. La boda se celebrará en la iglesia de San Carlos. Llevan dos años preparándola por motivos de papeleos y otras zarandajas. La invitación dice que todos irán vestidos de moda ibicenca. No especifica el color, y ya sabemos que el protocolo impide ir de blanco para no eclipsar a la novia. Me temo que estas cuestiones no las han tenido en cuenta, y sonrío al imaginarme a parientes que no han salido de su pequeño pueblo, bonito, pintoresco, pequeño muy pequeño, árido y llano. Con la ocupación de cuidar el cereal que de eso se vive, y supongo, nada mal pues montar una boda en Ibiza no es precisamente barato. Así que la primera cuestión práctica que me planteo es la búsqueda de ropa adecuada. Para los que no me conozcan diré que odio ir de compras. Ya sé que soy un espécimen raro, pero soy así y reitero, no me gusta ir de tiendas. Quitarme ropa, mirar en el espejo si los kilos de más de notan, comprobar la flacidez de los brazos, o descubrir una arruga nueva.. Como a mi no me gusta tampoco quiero hacer padecer a ninguna amiga. Quizás llamaría a alguna enemiga, pero con esas no me hablo, así que difícil tarea. Dejo pasar los días, por pereza más que nada. Andar por la ciudad a la caza de un vestido no me apetece nada de nada. Y últimamente he decidido hacer aquello que me guste... (claro que no lo consigo ni media hora seguida... Faltando 15 días para la boda, recibo una llamada de los novios y de mi tía. Estaban en Ibiza y querían que les acompañara para ver el restaurante, la iglesia, elegir el menú, bueno esa serie de detalles que faltaban por atar, ya que la feliz pareja lo había organizado todo como ellos querían. Aquí comienza los problemas. Mi tía me describió con todo lujo de detalles el traje que se había comprado, con su mantilla y todo, largo, negro y con dibujos brillantes. Los demás vestidos de la familia del mismo estilo. Los novios una pareja muy joven los dos tenían ideas bastante diferentes. La iglesia les pareció pequeña, pero enseguida las dos madres se pusieron a organizar muchas flores, lazos, un arco en la puerta... (lo del arco no se lo permitían, menos mal) En el restaurante, situado en una preciosa cala, con gran fama por su pescado, querían colocar conchas en las mesas y flores de colores. Yo me imaginé aquello como una mesa de un mercadillo. Tampoco les gustó el lugar. Ellos querían un gran hotel con lámparas de cristal y alfombra roja. Además el menú no entendían que no tuviera los típicos langostinos cocidos con mayonesa, merluza y un asado. Tenía que haber muchos platos para que nadie se quedara con hambre. Lo peor llegó al enterarse que el novio se había comprado un traje blanco y ella no llevaría el típico traje de novia al uso. Los padres no entendían por qué su hijo no vestía el típico traje negro, muy elegante y de toda la vida, y ella no llevaba su velo y su gran cola. ¿Cómo hacer entender a la familia que los novios no querían nada ostentoso?. ¿Cómo hacer entender a los novios que la familia quedaría ridícula con vestidos de algodón blanco y vaporosos, dada sus redondeces y baja estatura?. ¿Cómo unir esos dos mundos tan diferentes?. Tarea ardua y difícil. Así que por la tarde les reuní a todos en el hall del hotel. Creo que fue peor. Todos discutiendo, buen todos menos los novios. Las madres echándose la culpa de las tonterías de los niños, los padres aguantando las ganas de pegar un cachete a los “mocosos” y decir “se hace así por que lo digo yo”. Algo bastante típico no hace mucho tiempo. Yo callaba y miraba a unos y otros, callaba por no pegar un grito y decir a todos que se fueran a tomar. , así que callaba. De repente la novia se levanta y dice que no habrá boda, que se divorcian antes de casarse, y se va corriendo. El novio no reacciona hasta que le grité que fuera a por ella, que no dejara que se marchara. Ya solos, padres y yo, comencé a hablar sin parar, les dije que no tenían derecho a inmiscuirse en la vida de sus hijos, que la boda era la suya y no la de ellos... bueno no sé qué más dije, pero eso sí me miraban con grandes ojos y la boca abierta, así que aproveché y debí hacer algo parecido a un mitin o alguna conferencia. Cuando noté la garganta seca, tome un gran trago de mi gin tonic y me marché. Al día siguiente recibí una llamada para decirme que la boda se celebraría tal y como los “niños” habían dispuesto. Pensé, entonces, en hacerme mediador de las naciones unidas, no debía ser más difícil que mantener a raya a toda esta tropa. Lástima que me falla el inglés, que no tengo el nivel requerido, bueno más bien es que no tengo ningún nivel... Faltando dos días para el gran evento, aún no había salido a comprar ningún vestido. Así que me impuse una tarde de penitencia y encontré un bonito vestido blanco de tirantes y sin ajustes innecesarios para que los michelines pudieran disfrutar y no ser vistos por la concurrencia. También me compre unas alpargatas de piel blancas. No vinieron muchos invitados, porque llegar a Ibiza en avión es caro, y total dijeron algunos, para comer en la playa... Mi tía y su consuegra se compraron dos vestidos blancos de algodón con volantes y puntillas, el peinado su permanente de toda la vida, y sus pulseras y joyas para las ocasiones especiales. Los zapatos de gran tacón. Los padres vistieron sus trajes oscuros y corbatas coloridas. Ver el espectáculo no tiene precio, para todo lo demás la tarjeta famosa. La novia, cara de niña, y el vestido de seda blanco, sin adornos, la melena lisa, su negro pelo ondeando al viento, entra por la puerta de la iglesia (sin adornos innecesarios), y al novio se le ilumina la mirada. Los dos en el altar parecen blancas palomas, deseosas de volar. Fue lo más hermoso de todo el día. Como no soy tan cruel, y sabía el gran esfuerzo que hacían para estar a la altura que sus hijos deseaban, les dije a mis tías (porque al casarse ya eran las dos casi tías, esos parentescos nunca se me han dado bien), que estaban muy guapas, y por si acaso me toqué la nariz, no fuera a crecerme como a Pinocho. En el restaurante no hubo conchas, ni flores estridentes, eso sí para los que quisieran carne un buen chuletón de ternera y de entrantes gambas rojas a la plancha. Por si las moscas, no abriré el buzón en una temporada, no vaya a ser que a algún otro pariente se le ocurra casarse en Ibiza y encima me invite.

jueves, 10 de marzo de 2011


MIL

Mil poemas de amor cambiaría por tu sonrisa. Mil noches de luna llena por acariciar tu pelo. Mil vidas, si tuviera, para arrancarte un beso.
Pero tu pasas a mi lado sin verme. Entonces los labios tiemblan y una lágrima pugna por asomarse a mis ojos y recorrer la mejilla.
Miro al cielo y suspiro. Lanzo un deseo a las estrellas, quemo mi alma en el sol y sigo caminando, aunque la senda no me lleve a ningún destino.
Los días se suceden, las estaciones pasan, la piel se marchita, la mirada se endurece. En el corazón, clavados los mil poemas, las mil noches y mil vidas convertidas en espinas.
En las largas noches del frío invierno el recuerdo de los deseos perdidos acaricia el alma adormecida.
La mirada perdida en el infinito, viendo el mar sin ver el agua. En la boca un susurro “te perdí sin haberte tenido”.
Me enamoré de una sombra, de un deseo, de un capricho. ¿qué me hiciste al posar, aquel día, tus ojos en los míos?.
Del hechizo no he logrado despertar, pienso que es cosa de brujería. Cierro los ojos para dormir. Al llegar el sueño te veo, me llamas y acudo.
En tus brazos duermo y no quiero despertar.
Mientras la vida transcurre entre amaneceres rojizos, y noches claras, mi alma se pierde en el infinito.
Si nadie me encuentra, habrá de buscar en las nubes blancas, en las olas que acarician los oídos, en la lluvia fina, en la brizna de hierba en una primavera, en la fría nieve de la montaña, en el agua clara del riachuelo. Mas nunca esperéis encontrarme en el ajetreo de la ciudad que de ruidos se llena, ni en una habitación vacía. No estaré en las conversaciones baldías, ni en las fiestas de sonrisas postizas.

Marisa