lunes, 13 de junio de 2011





Se abrió la mañana despertando entre niebla. Salió el sol de su letargo, emergiendo en las azules aguas del mar en calma. Regalando destellos rojizos y depositando miles de puntos luminosos desde el horizonte a la playa.
El faro apagó sus avisos sonoros, que en las horas previas al alba, alertaba a navegantes de su proximidad.
El silencio era roto por las pequeñas olas al chocar contra las rocas.
A lo lejos la ciudad se despertaba.
No llegaban sus ruidos ni ajetreos hasta el acantilado, quizás fuera otro mundo, otra dimensión. Allí se guardaban los problemas cotidianos, la lucha, la desesperación y los sueños rotos.
Una gaviota inició su vuelo delante de mis ojos. Mi alma voló con ella. Desplegada sus alas, sin esfuerzo, columpiándose en las corrientes de aire.
Dejé que me transportara por mundos ajenos, y pude contemplar todo desde la perspectiva que da la altura.
Ajeno al ser, desapego total. Pertenecía al viento, alcanzaba las nubes, planeaba sobre aguas cristalinas.
Hubiera vívido así toda la eternidad. Pero se rompió la magia.
Un avión surcó el cielo, y el ruido de sus motores hizo que volviera a la realidad.
Esa realidad de la que quería huir. Por unos instantes lo había logrado. No era suficiente.
Delante de mi se abría un mundo de posibilidades. El acantilado me invitaba a volar y no regresar jamás.
Detrás las cadenas del día a día aprisionaban los pies. Cadenas que yo había forjado pero que no podía romper.
¿Saltar o volver sobre mis pasos?. ¿Libertad o lucha?.
La elección no era difícil. El cuerpo cansado, el alma dormida y el corazón sangrando.
Un paso adelante. El olor del mar, el viento en el rostro.
El vacío espera, me llama.
Siento la hierba húmeda bajo los pies descalzos.
Saltar; es lo único que deseo. Terminar con todo. Huir.
A lo lejos las velas desplegadas de un barco. Cierro los ojos para imaginar mi cuerpo en la proa. Puedo sentir el cabello alborotado, el salitre en el rostro.
Mis pies se adelantan de nuevo, rozan el borde del precipicio.
Paz, tranquilidad. En unos instantes todo habrá terminado.
Siento una voz, tenue al principio, fuerte después
.-¿cobarde?
¿Cobarde? ¿Por qué?, ¿Por no haber saltado ya?
.-¡cobarde! Vuelve la voz, ¡ por no vivir!
.-¿vivir?, Contesto, ¿Para qué?, ¿Para morir un poco cada día?
Silencio
Un silencio que duele, se clava en el alma. La soledad se hace patente.
Los sonidos se acallan, sola yo conmigo. Un viaje al interior. Vértigo.
El mundo se acelera, todo va más deprisa, las sensaciones se evaporan. Fluyen los sueños y despierto.
No han de herirme más las noches sin lunas, los días estériles.
El vacío sigue esperando. El sol, en el cenit, abrasa mi cuerpo. Todo da vueltas, las piernas se doblan. La oscuridad llega.
Nada siento, el tiempo detenido, ¿habré muerto?.
Unos brazos me sujetan una mano me sostiene, me aferré a ella.
Abro los ojos y encuentro una sonrisa
Ahora, aunque cada día muera, me refugiaré en sus ojos y su risa será el bálsamo que alivie las heridas.

viernes, 29 de abril de 2011



La Boda Real desde la oficina


¡Santo dios, que día llevo!. Me han llamado para saber si en Ibiza llovería este fin de semana, y yo sin tener el título ese que hace falta para ser meteorólogo y entender las isobaras.
Por otra parte todo el mundo está de boda. Revuelo en Internet al salir la novia de un gran coche, páginas colapsadas. Que digo yo ¿no podía haberse casado en un día no laborable?, es que son ganas de fastidiar, que en la oficina tengo que estar atenta para que el jefe no me pille...
Ha salido del despacho sin hacer ruido, y yo tan ensimismada delante de la pantalla, viendo el vestido de la novia los gestos del novio, no me he dado cuenta hasta que él ha dicho
-Señorita, (siempre nos llama señoritas aunque tengamos cien años, que no es el caso, aún zapatero no ha puesto tan alta la jubilación), le falta la pamela.
Del susto que me ha dado, he tirado el vaso de agua (que es muy bueno, según dicen, beber mucha agua) encima de la mesa, ha escurrido por ésta hasta llegar a mi pantalón y claro he saltado para no mojarme.
Desastre total. Al saltar he dado un cabezazo al jefe que tenía tras de mí. He tirado la silla que se le ha caído en el pie malo, no he evitado que el agua empapase el pantalón del traje, y eso que en la etiqueta ponía “no lavar, limpiar en seco”.
El jefe, sangrando por la nariz, con el pie cojeando se ha retirado de mí rápidamente.
Yo, solicita, he intentado buscar un pañuelo en mi bolso con desparrame total del contenido sobre el suelo. Las llaves, el móvil, la cartera, unos caramelos, unas pastillas, la sacarina, una agenda, el tique del súper, la tarjeta del lavacoches, el tabaco, varios encendedores, tres bolígrafos de propaganda, una galletita de esas que ponen con el café en el bar de frente, y ¡horror! Un preservativo. ¿Pero desde cuando tengo eso en el bolso, y de dónde ha salido?.
Pero he sacado el kleneex y se lo he entregado con cara compungida.
Él después del asombro inicial y de colocarse el pañuelo sobre la nariz se ha fijado en lo único que quería hacer desaparecer, ¡el condón!.
Lo ha recogido del suelo, me lo ha entregado y con sorna me ha dicho
-Si que piensa usted celebrar bien la boda, no sabía que era tan peligrosa una boda real.
Me he disculpado un millón de veces, he intentado explicar, sin mucho éxito, que “eso” no era mío. Pero él se ha alejado con una sonrisa malévola.
Mientras tanto los compañeros se han desternillado, Manuela no llegaba ni al baño, Esther lloraba de risa, Armando se retorcía en su asiento, Juan tenía hipo...
Vamos que hoy le he alegrado el día a toda la oficina, a todos menos a uno claro, y sin proponérmelo.
Al cabo de unos minutos me ha llamado el jefe a su despacho. Yo temblorosa esperaba un despido o una bronca muy gorda.
Él, aún sonriente, (hay que reconocer que es todo un caballero) me ha invitado a entrar y a sentarme en el sillón delante de una pantalla de televisión dónde trasmitían la dichosa boda.
-Aquí estará más cómoda, me ha dicho.
En ese momento he deseado que se hundiera el mundo.
Pero el mundo no se hunde cuando uno quiere, así que pasados unos minutos de cortesía que me parecieron siglos, me he retirado a mi mesa a “trabajar”.
Mis compañeros, graciosillos ellos, habían llenado la pantalla del ordenador con esos papelitos de colores que se pegan y se llaman post it, y frases como “sácale provecho” “si quieres lo estreno contigo” “mira la fecha de caducidad”, “vive la boda loca” “¿aún los usas?”. Y por supuesto el látex dichoso en el centro.
Les he gritado ¿os habéis divertido ehhhhhh?
-no sabes cuanto, me han contestado.
-Aún tengo agujetas en el estómago me han dicho.
Con mi dignidad hecha trizas y la nariz de mi jefe también (tenía el aspecto de un boxeador después de una pelea), ha transcurrido la mañana hasta que ha llegado la hora de salir.
El jefe, el primero en salir se apoyaba en una muleta, y yo, solícita, le he preguntado
-¿quiere que le ayude-
-No, me ha contestado, mejor que no, ¿no cree que ya tengo suficiente por hoy?
Cuando se lo he contado a mi amiga ella me ha contagiado su risa y entonces, al recordar la situación he podido reír.
Lo peor habrá sido cuando mi jefe haya llegado a su casa e intentado explicar qué le ha ocurrido en la oficina.
Para que después digan que no es peligroso trabajar en un despacho.


Marisa martín

martes, 26 de abril de 2011




El tiempo que se termina no vuelve


El viento enfurecido arrastraba las olas hasta hacerlas chocar con ira contra las rocas, levantando espuma blanca, y llevándose, en cada abatida, micro trozos de su alma inerte.
El cabello enredado, los árboles murmurando en un vaivén de hojas entremezcladas, batiendo las ramas para no dejarse quebrar por la tormenta.
El temporal borra las lágrimas del rostro, fundiéndolas con la lluvia que brota de los negros nubarrones.
Al fondo, a punto de zozobrar, una pequeña embarcación hunde su proa en las turbulentas aguas.
En su vaivén se pierde la mirada, en el horizonte se funde el alma, en los acantilados se parte el corazón.
El tiempo detenido en el infinito. En la noche no hay estrellas y la luna no abre su camino en el mar para acudir a él.
Se ha detenido el planeta, los astros ya no giran. El universo entero se lleva el alma maltrecha dejando un cuerpo inerte.
Un frío banco de piedra, el mar abierto al frente. La lluvia torrencial barre el último resquicio y se lleva el aliento postrero. Los ojos abiertos con la mirada cerrada al amanecer que entre las nubes se vislumbra.
El arcoíris envuelve los huesos, mas no le pertenece el cuerpo que reclama la tierra.
Tierra roja y fértil que hará crecer margaritas del frágil envoltorio que es la carne.
Mientras, en un nuevo día, el fuego del sol calentará miles de corazones.
Muy pocos llorarán por esa vida perdida.
Al otro lado, en la dimensión opuesta, la paz, al fin, inunda el alma conseguida.
El espíritu sonríe. Las cargas ya no existen, el peso se ha ido. Libre vuela sobre un mar azul, sobre la verde hierba, habla con las montañas y grita al aire fresco de la mañana.
En una silla alguien llora. Son lágrimas por el tiempo perdido, por palabras no dichas, por los instantes vacíos.
El universo comienza a moverse. Un espíritu le envuelve susurrándole consuelo. Sus hombros se estremecen, hace frío. Suave algodón que limpia el rostro y él entiende.
Al comprender, seca sus lágrimas, extiende las manos para fundirse en el último abrazo.
Cielo y tierra se unen, agua y fuego se mezclan. El adiós se convierte en hasta luego.
Al llegar el sueño piensa que hablará con ella. Pero no estará. Así la garganta enmudece y aquello que no dijo se le clavará como dardos ardientes.
El tiempo que se termina no vuelve.


marisa martín

jueves, 31 de marzo de 2011


LA BODA El otro día recibí una invitación de boda. ¡Horror!, si no conozco ni a los novios... Una prima de mi madre era la madre la contrayente. Se me invita a la boda porque los novios, emulando a los famosos, han decidido casarse en Ibiza. Ya supongo que será un fracaso, las dos familias, novios incluidos, son de un pueblo castellano, de esos que cada vez tienen menos habitantes, mi marido me dice que soy una pesimista y mal pensada. ¡Qué sabrán los hombres de bodas!. Ellos se colocan un traje, una corbata y calzoncillos limpios y ya está. Bueno concedo que algunos van a la peluquería y los hay que hasta se broncean antes y se depilan. La boda se celebrará en la iglesia de San Carlos. Llevan dos años preparándola por motivos de papeleos y otras zarandajas. La invitación dice que todos irán vestidos de moda ibicenca. No especifica el color, y ya sabemos que el protocolo impide ir de blanco para no eclipsar a la novia. Me temo que estas cuestiones no las han tenido en cuenta, y sonrío al imaginarme a parientes que no han salido de su pequeño pueblo, bonito, pintoresco, pequeño muy pequeño, árido y llano. Con la ocupación de cuidar el cereal que de eso se vive, y supongo, nada mal pues montar una boda en Ibiza no es precisamente barato. Así que la primera cuestión práctica que me planteo es la búsqueda de ropa adecuada. Para los que no me conozcan diré que odio ir de compras. Ya sé que soy un espécimen raro, pero soy así y reitero, no me gusta ir de tiendas. Quitarme ropa, mirar en el espejo si los kilos de más de notan, comprobar la flacidez de los brazos, o descubrir una arruga nueva.. Como a mi no me gusta tampoco quiero hacer padecer a ninguna amiga. Quizás llamaría a alguna enemiga, pero con esas no me hablo, así que difícil tarea. Dejo pasar los días, por pereza más que nada. Andar por la ciudad a la caza de un vestido no me apetece nada de nada. Y últimamente he decidido hacer aquello que me guste... (claro que no lo consigo ni media hora seguida... Faltando 15 días para la boda, recibo una llamada de los novios y de mi tía. Estaban en Ibiza y querían que les acompañara para ver el restaurante, la iglesia, elegir el menú, bueno esa serie de detalles que faltaban por atar, ya que la feliz pareja lo había organizado todo como ellos querían. Aquí comienza los problemas. Mi tía me describió con todo lujo de detalles el traje que se había comprado, con su mantilla y todo, largo, negro y con dibujos brillantes. Los demás vestidos de la familia del mismo estilo. Los novios una pareja muy joven los dos tenían ideas bastante diferentes. La iglesia les pareció pequeña, pero enseguida las dos madres se pusieron a organizar muchas flores, lazos, un arco en la puerta... (lo del arco no se lo permitían, menos mal) En el restaurante, situado en una preciosa cala, con gran fama por su pescado, querían colocar conchas en las mesas y flores de colores. Yo me imaginé aquello como una mesa de un mercadillo. Tampoco les gustó el lugar. Ellos querían un gran hotel con lámparas de cristal y alfombra roja. Además el menú no entendían que no tuviera los típicos langostinos cocidos con mayonesa, merluza y un asado. Tenía que haber muchos platos para que nadie se quedara con hambre. Lo peor llegó al enterarse que el novio se había comprado un traje blanco y ella no llevaría el típico traje de novia al uso. Los padres no entendían por qué su hijo no vestía el típico traje negro, muy elegante y de toda la vida, y ella no llevaba su velo y su gran cola. ¿Cómo hacer entender a la familia que los novios no querían nada ostentoso?. ¿Cómo hacer entender a los novios que la familia quedaría ridícula con vestidos de algodón blanco y vaporosos, dada sus redondeces y baja estatura?. ¿Cómo unir esos dos mundos tan diferentes?. Tarea ardua y difícil. Así que por la tarde les reuní a todos en el hall del hotel. Creo que fue peor. Todos discutiendo, buen todos menos los novios. Las madres echándose la culpa de las tonterías de los niños, los padres aguantando las ganas de pegar un cachete a los “mocosos” y decir “se hace así por que lo digo yo”. Algo bastante típico no hace mucho tiempo. Yo callaba y miraba a unos y otros, callaba por no pegar un grito y decir a todos que se fueran a tomar. , así que callaba. De repente la novia se levanta y dice que no habrá boda, que se divorcian antes de casarse, y se va corriendo. El novio no reacciona hasta que le grité que fuera a por ella, que no dejara que se marchara. Ya solos, padres y yo, comencé a hablar sin parar, les dije que no tenían derecho a inmiscuirse en la vida de sus hijos, que la boda era la suya y no la de ellos... bueno no sé qué más dije, pero eso sí me miraban con grandes ojos y la boca abierta, así que aproveché y debí hacer algo parecido a un mitin o alguna conferencia. Cuando noté la garganta seca, tome un gran trago de mi gin tonic y me marché. Al día siguiente recibí una llamada para decirme que la boda se celebraría tal y como los “niños” habían dispuesto. Pensé, entonces, en hacerme mediador de las naciones unidas, no debía ser más difícil que mantener a raya a toda esta tropa. Lástima que me falla el inglés, que no tengo el nivel requerido, bueno más bien es que no tengo ningún nivel... Faltando dos días para el gran evento, aún no había salido a comprar ningún vestido. Así que me impuse una tarde de penitencia y encontré un bonito vestido blanco de tirantes y sin ajustes innecesarios para que los michelines pudieran disfrutar y no ser vistos por la concurrencia. También me compre unas alpargatas de piel blancas. No vinieron muchos invitados, porque llegar a Ibiza en avión es caro, y total dijeron algunos, para comer en la playa... Mi tía y su consuegra se compraron dos vestidos blancos de algodón con volantes y puntillas, el peinado su permanente de toda la vida, y sus pulseras y joyas para las ocasiones especiales. Los zapatos de gran tacón. Los padres vistieron sus trajes oscuros y corbatas coloridas. Ver el espectáculo no tiene precio, para todo lo demás la tarjeta famosa. La novia, cara de niña, y el vestido de seda blanco, sin adornos, la melena lisa, su negro pelo ondeando al viento, entra por la puerta de la iglesia (sin adornos innecesarios), y al novio se le ilumina la mirada. Los dos en el altar parecen blancas palomas, deseosas de volar. Fue lo más hermoso de todo el día. Como no soy tan cruel, y sabía el gran esfuerzo que hacían para estar a la altura que sus hijos deseaban, les dije a mis tías (porque al casarse ya eran las dos casi tías, esos parentescos nunca se me han dado bien), que estaban muy guapas, y por si acaso me toqué la nariz, no fuera a crecerme como a Pinocho. En el restaurante no hubo conchas, ni flores estridentes, eso sí para los que quisieran carne un buen chuletón de ternera y de entrantes gambas rojas a la plancha. Por si las moscas, no abriré el buzón en una temporada, no vaya a ser que a algún otro pariente se le ocurra casarse en Ibiza y encima me invite.

jueves, 10 de marzo de 2011


MIL

Mil poemas de amor cambiaría por tu sonrisa. Mil noches de luna llena por acariciar tu pelo. Mil vidas, si tuviera, para arrancarte un beso.
Pero tu pasas a mi lado sin verme. Entonces los labios tiemblan y una lágrima pugna por asomarse a mis ojos y recorrer la mejilla.
Miro al cielo y suspiro. Lanzo un deseo a las estrellas, quemo mi alma en el sol y sigo caminando, aunque la senda no me lleve a ningún destino.
Los días se suceden, las estaciones pasan, la piel se marchita, la mirada se endurece. En el corazón, clavados los mil poemas, las mil noches y mil vidas convertidas en espinas.
En las largas noches del frío invierno el recuerdo de los deseos perdidos acaricia el alma adormecida.
La mirada perdida en el infinito, viendo el mar sin ver el agua. En la boca un susurro “te perdí sin haberte tenido”.
Me enamoré de una sombra, de un deseo, de un capricho. ¿qué me hiciste al posar, aquel día, tus ojos en los míos?.
Del hechizo no he logrado despertar, pienso que es cosa de brujería. Cierro los ojos para dormir. Al llegar el sueño te veo, me llamas y acudo.
En tus brazos duermo y no quiero despertar.
Mientras la vida transcurre entre amaneceres rojizos, y noches claras, mi alma se pierde en el infinito.
Si nadie me encuentra, habrá de buscar en las nubes blancas, en las olas que acarician los oídos, en la lluvia fina, en la brizna de hierba en una primavera, en la fría nieve de la montaña, en el agua clara del riachuelo. Mas nunca esperéis encontrarme en el ajetreo de la ciudad que de ruidos se llena, ni en una habitación vacía. No estaré en las conversaciones baldías, ni en las fiestas de sonrisas postizas.

Marisa

lunes, 14 de febrero de 2011


Le conocí una tarde de primavera, el campo vestía sus mejores galas, el mar lucía en sus frías aguas, aún, el azul de la ilusión.
Paseamos por la playa, los silencios se llenaban con los olores del salitre, la brisa suave rozaba el rostro, el mundo se había detenido, las horas congeladas, el tiempo no existía.
Tomó mi mano entre las suyas y sentí el calor que transmitían, el corazón latía con fuerza. Miré sus ojos claros como la espuma de las olas que rompían en la orilla, su mirada transparente, y sentí que mi alma le pertenecía.
Sentados en la arena contando historias de lejanos duendes, de sirenas encantadas, de castillos submarinos, se diluyó la tarde. Comenzó a ocultarse el sol bañándose en el horizonte con sus colores imposibles, el dorado tornasolado esparcido a lo lejos, invitaba a los sueños.
Sin embargo el mejor sueño estaba a mi lado, mi cabeza apoyada en su hombro, las manos entrecruzadas. Desee la eternidad, descubrí la felicidad.
Llegó la luna describiendo un camino plateado en las oscuras aguas, brillaban las estrellas, la arena se tornó pálida. Allí seguíamos sin hablar, con el mundo a nuestros pies, un concierto de silencio roto por las alegres notas que arrancaban las olas al morir a nuestros pies.
Se hizo tarde, muy tarde, los minutos, las horas, las estaciones dejaron de existir. Me miro a los ojos y en ellos pudo ver el inmenso amor que sentía, le miré y comprendí que en ellos me perdería.
Salimos de allí arropados por el amor que sentíamos.
Vivimos una vida, sentimos la eternidad cerca, siempre tuvimos la mirada nueva para vernos entre arrugas.
Hoy se ha ido, y se ha ido para siempre, su cuerpo no volverá a calentar mi cama, sus ojos no miraran los amaneceres. Y yo me he quedado llena de su calor, de su paz, de su ilusión.
Derrochó amor, pero ¡tanto amor para tan corta vida!.

viernes, 28 de enero de 2011



Saliste de mi vida una tarde de verano. El sol quemaba los campos y el mar mitigaba el calor de los bañistas.
Recuerdo claramente el canto de las chicharras, sin otro sonido que el crujir de la tierra seca bajo tus sandalias mientras partías.
Te observo caminar alejándote de mi, sin mirar atrás, con la mirada en el polvoriento camino, y cuando tu silueta desapareció en el último recodo que alcanzaba mi vista, sentí que el corazón lloraba.
Jamás pedí que te quedaras , nunca dije cuanto te necesitaba, y mis labios se quedaron mudos cuando tuvieron que gritar un “te quiero”.
Ahora que te he perdido, en este momento en el que te llevas una parte de mi corazón en la mochila sin saberlo; ahora de mis ojos brota una lágrima.
Me refugié en la casa de anchos muros, sintiendo la tibieza de su sombra. Bajo las aspas del ventilador del techo, dejé que la tarde transcurriera con la lentitud propia del verano ocioso.
Han transcurrido muchos años, sigo conservando tu recuerdo y aquella lejana tarde en la memoria.
Mi pelo perdió su color, el cuerpo envejece cada día, se vaciaron mis jornadas de frenética actividad. En la calma del mar azul busco un barco de velas granates hasta que la luna abre su camino de plata y las aguas se oscurecen. Es, entonces, cuando me retiro al calor de las llamas que se elevan en mi chimenea para seguir soñando otros mundos.
En esas noches de invierno, cuando el frío encoge la piel y las estrellas se esconden, siento tu mirada traspasando mi alma. Vuelvo a ser joven, a desear tus labios, tus abrazos, tus manos, todo aquello que perdí y jamás recuperé.
Leo los libros que olvidaste, gastados por el tiempo, para encontrarte de nuevo. A través de las amarillentas páginas, se me dibuja tu sonrisa.
La noche transcurre con el viento azotando los almendros. Apoyado en la almohada, esperando que el sueño llegue y descanse mi cuerpo, los recuerdos caracolean con la espuma del mar, se elevan al cielo azul para perderse en las estelas de las blancas nubes de verano.
Sin embargo la noche no es benevolente conmigo y los ojos se abren en medio de la oscuridad. Aún la mañana está lejana, la luna se escondió tras los nubarrones.
Dejé la tibieza de las sábanas para asomarme a la ventana, miré la noche desapacible, un escalofrío recorrió el cuerpo e instintivamente, me ajusté la bata y crucé los brazos. Las brasas de la chimenea reflejaban destellos rojos sobre las paredes.
Volví a sentarme en el sillón, no sin antes agregar un poco de leña al fuego para calentarme, las llamas iniciaban su danza cimbreante, se elevaban, caían, ondulaban... los párpados se cierran adormecidos.
Amanece lentamente y el nuevo día se viste de gris.
El fuego se ha apagado, pero los rescoldos aún dan calor. No quiero despertar porque nada espero, más los sueños se desvanecen y se van con la luna.
Llegará algún día la primavera, el campo se despertará para vestir sus mejores flores, volverán los pájaros a ocupar sus nidos ahora vacíos.
Llegará la luz y las noches serán más cortas, las lunas mas brillantes, los cielos azules y el mar..., el mar seguirá guardando el secreto. Seguirá separando las almas perdidas, los corazones solitarios. Bañará las playas para regocijo de muchos, besará las rocas llevándose un poco de ellas cada vez. Servirá de camino a los barcos, a los que zarandeará sin contemplaciones cuando le plazca.
No quiero otra primavera vacía, otro verano que olvidar, no más estaciones baldías.
Entraré en las frías aguas. Al atardecer, cuando el cielo se torna rojo, como las velas de tu barco, caminaré hacia el sol, al infinito. Me iré a buscarte para decir lo que nunca mis labios pronunciaron, te buscaré para susurrar cerca de tu oído, en el fondo de tu alma, “te quiero”.


Encontré esta carta al recibir al volver a la casa dónde había vivido mi niñez y estrenado la juventud, una casa rodeada de almendros que ahora florecían, y desde la que el mar se dibujaba al fondo, y a la que no había vuelto. Desde allí se podía ver mi barco, un velero que alguien me dejó como herencia, con sus velas rojas desafiando al mar. No entendí porque era para mí.
Al leer la carta colocada en la repisa, entendí, y las lágrimas surcaron mis mejillas..
Ahora cada tarde,, cuando el día termina y el horizonte se tiñe de rojo, observo como se sumerge el sol, y cada mes de enero a la misma hora, desde la orilla lanzo dos rosas rojas. Para que se encuentren, para que descubran la felicidad que no quisieron en la tierra.
Con una sonrisa en los labios y los ojos vidriosos, repito cada vez “adiós mamá, adiós papá”, los dos os perdisteis en el mar.