Un punto de encuentro. Para dejar comentarios de todos aquellos asuntos que puedan ser interesantes.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
YA PASÓ
-Ya pasó, ya pasó. No dejaba de repetir una y otra vez.
Al otro lado, Agur le miraba preocupado y perplejo. Hacía tiempo que se conocían, pero nunca le había visto de aquella manera.
Nervioso, paseando con las manos detrás, pasos rápidos y la mirada perdida repitiendo una y otra vez “ya pasó, ya pasó”.
Al fin se atrevió a preguntarle ¿Qué ocurre, qué es lo que ya ha pasado?
Se sentó delante de él, con las piernas cruzadas, la mirada implorante, la respiración se pausaba.
-La navidad, le contestó con voz apenas audible. La navidad, repitió en tono más fuerte.
Para convencerse, para saber que era cierto, que había pasado. Un día más, una noche como otra. A pesar de las falsas sonrisas de vecinos y conocidos, de los buenos deseos que nunca quería oír.
-¿No te gusta la navidad?, le pregunto su amigo
-Para mi no existe, no me gusta, odio los falsos deseos de paz y alegría, odio las falsas risas, odio las bolas relucientes, los árboles con sus lucecitas, los belenes, la comida, las tradiciones. Odio que todos nos creamos mejores de lo que somos simplemente porque sonreímos al vecino y le deseamos felices fiestas. Odio el consumismo exacerbado que se apodera de todos. Odio que se compren los afectos con regalos...
-Bien, le cortó Agur. Yo también odio todo eso. ¿ No te he contado mi historia verdad?, ¿No sabes porque me llaman Agur?. Pues bien acomódate que te lo voy a contar.
Hubo un tiempo en que fui un niño feliz, tenía todo lo que podía desear, un hogar acogedor, el cariño de mis padres, en fin mis navidades eran felices. Aún recuerdo el olor a galletas que hacía mi madre, oigo el ruido del agua en el nacimiento que mi padre colocaba con sus figuras talladas por él mismo durante todo el año, no existían ostentaciones, nuestro árbol no contenía montones de paquetes, solo tres, uno para cada uno. Éramos felices aunque nuestra casa fuera la menos iluminada del barrio, dentro de ella existía la luz que otros colocaban fuera.
Sin embargo un día todo cambio. Muchas noches lo recuerdo, y te aseguro que me duele el alma al hacerlo. Salí a despedirles, como todas las mañanas. Cada día les decía adiós de una forma diferente, yo era un niño, me quedaba con mi abuela mientras ellos trabajaban. Aquel día les dije “agur”, me había gustado la expresión.
Entonces ocurrió, delante de mí, de todo el vecindario. Un camión sin frenos, sin control, se llevó su coche, desapareció debajo de las ruedas y explotó.
Me quedé en estado de skoc y estuve mucho tiempo sin hablar, sin decir nada, solo repitiendo “agur”.
Todos comenzaron a llamarme el niño agur.
Hasta que un día entendí que ellos me habían dado todo el cariño posible, me enseñaron a amar, a no desear aquello que era superfluo, a sonreír a todos aquellos que necesitaran una sonrisa, un rostro alegre.
Entonces supe que quería hacer en la vida, entonces empezó a cicatrizar mi corazón y pude abrirme al mundo.
Y ahora me gustaría aliviar las heridas del alma, aquellas que más duelen. Que mis brazos sirvan para el reposo de alguien necesitado.
Para mí la navidad no es comprar regalos, no es comer hasta hartarse alimentos caros, no es colocar el árbol más grande de todo el vecindario.
Es mantener una conversación relajada con mis amigos, calentar un chocolate y reír al mancharnos, es colocar aquellas figuras que mi padre tallaba, encender mi pequeño árbol y al que cada año le quedan menos bolas. Es disfrutar el momento porque no sé si habrá más navidades. Pasear por calle iluminadas porque eso las hace especiales. Salir a la ventana para comprobar el frío de la noche y desear con todas mis fuerzas que nadie esté sin un techo para cobijarse.
Sé que puedo hacer poco, sé que ni siquiera soy un grano de arena en el desierto, pero si mis amigos de verdad ven que soy feliz, si puedo trasmitir un abrazo con la mirada, abrir la puerta para que otro encuentre unos momentos de sosiego, para que pueda reír, si logro algo de todo esto, seré feliz. Porque esto es navidad, pero no me conformo con una semana al año.
Navidad es nacimiento y cada mañana quiero nacer a la vida, a los rayos de sol para calentarme, a la lluvia que refresca la cara, a la tormenta para poder ver el arco iris,
Y ahora amigo, ¿dime tu por qué deseas cerrar los ojos, por qué quieres esconderte de la navidad?.
-Añoro a los que no están. Odio todos los intereses creados en estos días, la superficialidad, solo consumimos, gastamos, el vestido para la cena, las tiendas llenas, las diferencias entre los que tienen y los que solo desean.
Eso no podremos evitarlo. Los que no están viven en nuestros corazones, y algún día seremos nosotros los que faltemos en una mesa. ¿Sería un motivo para que no se pusiera esa mesa?. Si muchos no entienden o no quieren entender su significado, poco podremos hacer nosotros. No intentes cambiar el mundo si antes no puedes cambiar tu.
Ahora estamos los dos, con heridas en el corazón, con sillas vacías. Pero si tu quieres podemos sentarnos en esta mesa y compartir la comida.
-Pero navidad ya pasó-
-Nunca pasa, se esconde. Saca esas rebanadas de pan, colocaré el mantel rojo tan alegre, allí tenemos una botella de vino, mira el frigorífico y saca lo que encuentres, hay fiambre, un poco de paté. Encenderé unas velas.
Transcurrió la noche apacible, y sus risas se elevaron a las estrellas. Los vacíos se llenaron por unas horas, los recuerdos no hacían tanto daño, porque al compartir el dolor se arrancan espinas.
jueves, 20 de octubre de 2011
Página en blanco
Página en blanco, desafío constante al intelecto.
Llamada penetrante para que alguien le de vida, un sentido y no un derroche.
Página en blanco para llenar de nubes, risas, lágrimas. Para jugar con la magia de los números o inventar nuevos acordes musicales en un pentagrama.
Ha llegado el otoño, a mis pies una hoja amarillenta, cae y se eleva movida por el viento. En el horizonte negros nubarrones anuncian tormenta.
El tiempo cambia, el tiempo corre. Los minutos, las horas, los días, traspasan como lanzas los cuerpos jóvenes.
Mientras el otoño se adentra, dejando atrás un verano cálido, largo, de aguas transparentes y blancas arenas. Anuncia lluvia y el bañador (cómodo, ligero, atrevido) deja paso a las prendas que cubren los hombros, los brazos, las piernas.
Se entristece el dorado adquirido por la piel, que va apagándose dentro de las fibras y palideciendo poco a poco, día a día.
Añoramos el sol, maldecido en las pesadas calimas estivales, la luz de los días largos, las claras noches de luna llena.
El otoño nos trae las noches largas, los días cortos, las grises nubes, el manto esparcido de las hojas caídas, las ramas desnudas preparando el invierno. Los paraguas abiertos, el asfalto brillando por las miles de gotas de lluvia, los pies mojados, el estornudo, presagio de enfriamientos y malestares.
El otoño es para el poeta fuente inagotable de versos encadenados para formar un soneto. Poesía que regala tonalidades cromáticas para que el escritor les de forma con palabras, el pintor las plasme con su paleta y el poeta las ensalce.
Tiempo de romanticismos trasnochados y a la vez vigentes en cándidas almas de juventud llena o en corazones rotos de edad tardía.
Tiempo de vinos y amigos, de paseos por el monte, de cacerías, de botas embarradas, impermeables imposibles, colores apagados tierras, ocres, amarillos...
En el mar espuma blanca que a los barcos vapulea, salpica su agua en los rostros que se acercan, arrastra la arena e inicia su lucha contra las rocas.
Comienzan los olores a tierra mojada, a pan recién hecho, a salitre.
Los sentidos despiertan del letargo estival.
Llegan las musas en el aire fresco en el agua de lluvia, en la espuma del mar.
Y así, la página en blanco agradece la vida, se llena de palabras como el lienzo de imágenes.
El tiempo transcurre en lenta armonía, escurriéndose entre los dedos sin poder retenerlo.
Mientras el corazón sigue latiendo y el alma se pierde en cortos amaneceres.
martes, 13 de septiembre de 2011
CUANDO LOS LABIOS NO SONRÍEN
Anochecía y el recuerdo le quemaba el alma. El sol ocultándose tras el horizonte, dejaba al descubierto los grandes fantasmas de un pasado pleno de remordimientos, un pasado vacío de significado. Ahora, cuando creía rozar la mitad de su vida, se sentía solo, cuando los ojos ya no lloraban y os labios no sonreían, al atardecer de los sentidos, delante de unas páginas en blanco, con un vaso en las manos, se dejaba invadir por mil sensaciones, intentado llegar a los más íntimo de su ser. Para conocerse, para odiarse tal vez o para quererse y poder, así, reconciliarse con el mundo.
Era entonces, en esas horas tardías, cuando su corazón la llamaba, de su garganta escapa un nombre para rebotar por las paredes desnudas de la casa vacía.
Los recuerdos se agolpaban. Un árbol, un río, sus frías aguas corriendo veloces cauce abajo, aquélla piedra redonda dónde sus cuerpos reposaban, la brisa suave que les hacía temblar, las promesas perdidas, los lazos rotos, sus azules ojos mirándole.
¡Había amado tanto!. Todo lo perdió.
Quizás su orgullo le impidió volver, quizás la marea de la vida le volteó con tanta fuerza que no tuvo el valor suficiente para luchar contra ella, quizás la vida sea injusta, quizás la muerte les una.
Apuró de un trago el vaso que sostenía, y, cómo cada noche, comenzó a escribir una carta que jamás terminaría, una carta que nunca sería leída. Letras que alimentarían las llamas de la chimenea encendida, el viento del otoño esparciría el mensaje, las cenizas reposarán en tierra fértil.
De nuevo repitió su nombre, una y mil veces, para conjurar el pasado, para volver al inicio, para no sentirse otra vez solo, para tenerla de nuevo, para llorar por ella, sentir su pelo, tocar sus manos, rozar sus labios. Se dejó transportar por el tiempo, otra vez los recuerdos...
La lluvia mojaba sus caras, corrían a refugiarse en aquella casa abandonada, reían como dos niños. Colgaron las ropas, se sentaron juntos, hablaron, se abrazaron, los besos impregnaron las viejas paredes de madera. Las palabras de amor se fijaron para siempre en las habitaciones cerradas, el olor a tierra, el golpear de las ramas...
Suspiró, abrió los ojos y de nuevo se encontró en su casa vacía de paredes blancas. No llovía, no hacía viento, las estrellas en el cielo le gritaban mil canciones.
El corazón le dolía. El alma despertaba para morir cien veces.
La noche, inexorablemente larga, larga, oscura y pesada, se fijaba para siempre llenando el corazón solitario.
Él se engañaba con la felicidad mundana, los halagos, las risas, el trabajo y la adulación. Rodeado de personas a las que no importaba en absoluto acallaba los sentidos. Pero al llegar la noche y salir la luna, en el ocaso del sol, la verdad aparecía de nuevo.
Ahora la llamaría, esta noche apacible terminaría esa carta maldita.
Escribió palabras tiernas, solicitudes de perdón, derrochó el amor que nunca se atrevió a confesar, la llamó mil veces.
De tinta llenó los espacios blancos del papel marchito, las lágrimas corrían por las mejillas, la noche terminaba.
Rasgó los folios escritos, rompió el pasado en mil trozos. Se vistió de sonrisa, se adornó de soberbia y anduvo el camino de siempre.
Saludaba de un lado a otro miraba el sol de la mañana. El portafolios en la mano, gafas para los ojos, un traje gris, la gabardina impecable, henchido el pecho.
Despertaba las envidias, las pasiones. La vida le sonríe –decían- al verle, el paso decidido el caminar altivo. El sol ocultaba las heridas cual bálsamo cicatrizante. El ruido acallaba los deseos, el mundo, girando, embrutecía los sentidos.
Una intensa punzada, dolor en el pecho, cae la cartera, se doblan las rodillas, más dolor, la niebla oculta la calle, los gritos en silencio, ve y no siente. La cabeza golpea el suelo, el dolor termina, de sus labios inertes una súplica, un nombre, María.
Ella viene, le sonríe, acaricia sus sienes. Le tiende la mano. Un túnel, a lo lejos la luz, la pradera verde, el océano azul, los colores, allí le espera.
En las nubes se aman, se encuentran sus almas gemelas. En la tierra reposan los restos que a nadie le importan.
viernes, 8 de julio de 2011
Explorar

Busqué un atisbo de esperanza, quizás para no perder el último resquicio de cordura. Porque al perder toda la ilusión se va la vida.
No podría encontrarla en los acantilados heridos por el mar. Ni en los océanos oscuros de corrientes inciertas. En las gaviotas de graznidos imposibles, aves entre la tierra y el agua, presagio de costas para navegantes exhaustos.
Tampoco se encontraba en los amarillentos campos de castilla, cuyo trigo eleva la espiga hacía el cielo azul, vestida con traje de oro, mecida por el aire, creciendo, madurando para convertirse en alimento.
Anduve por glaciares helados. Fría nieve, blanca pureza que nadie mancilla. Donde las estrellas se dejan ver con toda su magnificencia. Inhóspito hábitat para el ser humano. Para que nadie viole su mudo canto, su espeso hielo sus cumbres rotas. El espacio puro que lanza la tierra hacía el universo.
Me perdí en ciudades bulliciosas, donde el cielo se sustituye por montones de bombillas, las personas pierden la identidad y todas las risas suenan igual. El culto a los sentidos es su religión, el dinero su dios. Un dios menor de papel, esquivo, cruel y caprichoso, inventado por hombres y por ellos denostado.
En laberínticas calles perdí la percepción de la realidad veraz. Confundidos los sentidos por voces anónimas, reclamos fugaces de felicidades vanas. Tiempo de vértigo que anula el alma.
Anulado el ser en la prisión de asfalto, anclados los pies a un falso dorado y arrastrando las cadenas que había creado, me perdí adormeciendo las sensaciones.
Dejé escapar los sueños acampando en el sendero, porque el camino era largo y el esfuerzo baldío.
Pero una mañana desperté y vi el sol asomar por el horizonte. Los oídos ensordecidos por notas discordantes, percibieron el canto lejano de un pájaro libre.
Comencé a recordar y volvió a mí el olor a pan recién hecho, el murmullo del río en la montaña, el reloj de pared que marcó los días libres de mi infancia. Las olas acariciando la playa, los pies en la arena, el sol calentando los hombros cansados. La mirada clara de unos ojos nuevos.
Al igual que el ave fénix, me quemé en el fuego de mi propia ignorancia buscando espejismos de la felicidad deseada. Renací de las cenizas fortaleciendo el corazón y con el alma avivada.
Busqué en el viento, en una gota de agua, en la lluvia cristalina, en el chisporroteo de un leño ardiendo en la chimenea de piedra, en el silencio.
Busqué y encontré la ilusión perdida, la esperanza nueva.
Marisa
lunes, 13 de junio de 2011

Se abrió la mañana despertando entre niebla. Salió el sol de su letargo, emergiendo en las azules aguas del mar en calma. Regalando destellos rojizos y depositando miles de puntos luminosos desde el horizonte a la playa.
El faro apagó sus avisos sonoros, que en las horas previas al alba, alertaba a navegantes de su proximidad.
El silencio era roto por las pequeñas olas al chocar contra las rocas.
A lo lejos la ciudad se despertaba.
No llegaban sus ruidos ni ajetreos hasta el acantilado, quizás fuera otro mundo, otra dimensión. Allí se guardaban los problemas cotidianos, la lucha, la desesperación y los sueños rotos.
Una gaviota inició su vuelo delante de mis ojos. Mi alma voló con ella. Desplegada sus alas, sin esfuerzo, columpiándose en las corrientes de aire.
Dejé que me transportara por mundos ajenos, y pude contemplar todo desde la perspectiva que da la altura.
Ajeno al ser, desapego total. Pertenecía al viento, alcanzaba las nubes, planeaba sobre aguas cristalinas.
Hubiera vívido así toda la eternidad. Pero se rompió la magia.
Un avión surcó el cielo, y el ruido de sus motores hizo que volviera a la realidad.
Esa realidad de la que quería huir. Por unos instantes lo había logrado. No era suficiente.
Delante de mi se abría un mundo de posibilidades. El acantilado me invitaba a volar y no regresar jamás.
Detrás las cadenas del día a día aprisionaban los pies. Cadenas que yo había forjado pero que no podía romper.
¿Saltar o volver sobre mis pasos?. ¿Libertad o lucha?.
La elección no era difícil. El cuerpo cansado, el alma dormida y el corazón sangrando.
Un paso adelante. El olor del mar, el viento en el rostro.
El vacío espera, me llama.
Siento la hierba húmeda bajo los pies descalzos.
Saltar; es lo único que deseo. Terminar con todo. Huir.
A lo lejos las velas desplegadas de un barco. Cierro los ojos para imaginar mi cuerpo en la proa. Puedo sentir el cabello alborotado, el salitre en el rostro.
Mis pies se adelantan de nuevo, rozan el borde del precipicio.
Paz, tranquilidad. En unos instantes todo habrá terminado.
Siento una voz, tenue al principio, fuerte después
.-¿cobarde?
¿Cobarde? ¿Por qué?, ¿Por no haber saltado ya?
.-¡cobarde! Vuelve la voz, ¡ por no vivir!
.-¿vivir?, Contesto, ¿Para qué?, ¿Para morir un poco cada día?
Silencio
Un silencio que duele, se clava en el alma. La soledad se hace patente.
Los sonidos se acallan, sola yo conmigo. Un viaje al interior. Vértigo.
El mundo se acelera, todo va más deprisa, las sensaciones se evaporan. Fluyen los sueños y despierto.
No han de herirme más las noches sin lunas, los días estériles.
El vacío sigue esperando. El sol, en el cenit, abrasa mi cuerpo. Todo da vueltas, las piernas se doblan. La oscuridad llega.
Nada siento, el tiempo detenido, ¿habré muerto?.
Unos brazos me sujetan una mano me sostiene, me aferré a ella.
Abro los ojos y encuentro una sonrisa
Ahora, aunque cada día muera, me refugiaré en sus ojos y su risa será el bálsamo que alivie las heridas.
El faro apagó sus avisos sonoros, que en las horas previas al alba, alertaba a navegantes de su proximidad.
El silencio era roto por las pequeñas olas al chocar contra las rocas.
A lo lejos la ciudad se despertaba.
No llegaban sus ruidos ni ajetreos hasta el acantilado, quizás fuera otro mundo, otra dimensión. Allí se guardaban los problemas cotidianos, la lucha, la desesperación y los sueños rotos.
Una gaviota inició su vuelo delante de mis ojos. Mi alma voló con ella. Desplegada sus alas, sin esfuerzo, columpiándose en las corrientes de aire.
Dejé que me transportara por mundos ajenos, y pude contemplar todo desde la perspectiva que da la altura.
Ajeno al ser, desapego total. Pertenecía al viento, alcanzaba las nubes, planeaba sobre aguas cristalinas.
Hubiera vívido así toda la eternidad. Pero se rompió la magia.
Un avión surcó el cielo, y el ruido de sus motores hizo que volviera a la realidad.
Esa realidad de la que quería huir. Por unos instantes lo había logrado. No era suficiente.
Delante de mi se abría un mundo de posibilidades. El acantilado me invitaba a volar y no regresar jamás.
Detrás las cadenas del día a día aprisionaban los pies. Cadenas que yo había forjado pero que no podía romper.
¿Saltar o volver sobre mis pasos?. ¿Libertad o lucha?.
La elección no era difícil. El cuerpo cansado, el alma dormida y el corazón sangrando.
Un paso adelante. El olor del mar, el viento en el rostro.
El vacío espera, me llama.
Siento la hierba húmeda bajo los pies descalzos.
Saltar; es lo único que deseo. Terminar con todo. Huir.
A lo lejos las velas desplegadas de un barco. Cierro los ojos para imaginar mi cuerpo en la proa. Puedo sentir el cabello alborotado, el salitre en el rostro.
Mis pies se adelantan de nuevo, rozan el borde del precipicio.
Paz, tranquilidad. En unos instantes todo habrá terminado.
Siento una voz, tenue al principio, fuerte después
.-¿cobarde?
¿Cobarde? ¿Por qué?, ¿Por no haber saltado ya?
.-¡cobarde! Vuelve la voz, ¡ por no vivir!
.-¿vivir?, Contesto, ¿Para qué?, ¿Para morir un poco cada día?
Silencio
Un silencio que duele, se clava en el alma. La soledad se hace patente.
Los sonidos se acallan, sola yo conmigo. Un viaje al interior. Vértigo.
El mundo se acelera, todo va más deprisa, las sensaciones se evaporan. Fluyen los sueños y despierto.
No han de herirme más las noches sin lunas, los días estériles.
El vacío sigue esperando. El sol, en el cenit, abrasa mi cuerpo. Todo da vueltas, las piernas se doblan. La oscuridad llega.
Nada siento, el tiempo detenido, ¿habré muerto?.
Unos brazos me sujetan una mano me sostiene, me aferré a ella.
Abro los ojos y encuentro una sonrisa
Ahora, aunque cada día muera, me refugiaré en sus ojos y su risa será el bálsamo que alivie las heridas.
viernes, 29 de abril de 2011

La Boda Real desde la oficina
¡Santo dios, que día llevo!. Me han llamado para saber si en Ibiza llovería este fin de semana, y yo sin tener el título ese que hace falta para ser meteorólogo y entender las isobaras.
Por otra parte todo el mundo está de boda. Revuelo en Internet al salir la novia de un gran coche, páginas colapsadas. Que digo yo ¿no podía haberse casado en un día no laborable?, es que son ganas de fastidiar, que en la oficina tengo que estar atenta para que el jefe no me pille...
Ha salido del despacho sin hacer ruido, y yo tan ensimismada delante de la pantalla, viendo el vestido de la novia los gestos del novio, no me he dado cuenta hasta que él ha dicho
-Señorita, (siempre nos llama señoritas aunque tengamos cien años, que no es el caso, aún zapatero no ha puesto tan alta la jubilación), le falta la pamela.
Del susto que me ha dado, he tirado el vaso de agua (que es muy bueno, según dicen, beber mucha agua) encima de la mesa, ha escurrido por ésta hasta llegar a mi pantalón y claro he saltado para no mojarme.
Desastre total. Al saltar he dado un cabezazo al jefe que tenía tras de mí. He tirado la silla que se le ha caído en el pie malo, no he evitado que el agua empapase el pantalón del traje, y eso que en la etiqueta ponía “no lavar, limpiar en seco”.
El jefe, sangrando por la nariz, con el pie cojeando se ha retirado de mí rápidamente.
Yo, solicita, he intentado buscar un pañuelo en mi bolso con desparrame total del contenido sobre el suelo. Las llaves, el móvil, la cartera, unos caramelos, unas pastillas, la sacarina, una agenda, el tique del súper, la tarjeta del lavacoches, el tabaco, varios encendedores, tres bolígrafos de propaganda, una galletita de esas que ponen con el café en el bar de frente, y ¡horror! Un preservativo. ¿Pero desde cuando tengo eso en el bolso, y de dónde ha salido?.
Pero he sacado el kleneex y se lo he entregado con cara compungida.
Él después del asombro inicial y de colocarse el pañuelo sobre la nariz se ha fijado en lo único que quería hacer desaparecer, ¡el condón!.
Lo ha recogido del suelo, me lo ha entregado y con sorna me ha dicho
-Si que piensa usted celebrar bien la boda, no sabía que era tan peligrosa una boda real.
Me he disculpado un millón de veces, he intentado explicar, sin mucho éxito, que “eso” no era mío. Pero él se ha alejado con una sonrisa malévola.
Mientras tanto los compañeros se han desternillado, Manuela no llegaba ni al baño, Esther lloraba de risa, Armando se retorcía en su asiento, Juan tenía hipo...
Vamos que hoy le he alegrado el día a toda la oficina, a todos menos a uno claro, y sin proponérmelo.
Al cabo de unos minutos me ha llamado el jefe a su despacho. Yo temblorosa esperaba un despido o una bronca muy gorda.
Él, aún sonriente, (hay que reconocer que es todo un caballero) me ha invitado a entrar y a sentarme en el sillón delante de una pantalla de televisión dónde trasmitían la dichosa boda.
-Aquí estará más cómoda, me ha dicho.
En ese momento he deseado que se hundiera el mundo.
Pero el mundo no se hunde cuando uno quiere, así que pasados unos minutos de cortesía que me parecieron siglos, me he retirado a mi mesa a “trabajar”.
Mis compañeros, graciosillos ellos, habían llenado la pantalla del ordenador con esos papelitos de colores que se pegan y se llaman post it, y frases como “sácale provecho” “si quieres lo estreno contigo” “mira la fecha de caducidad”, “vive la boda loca” “¿aún los usas?”. Y por supuesto el látex dichoso en el centro.
Les he gritado ¿os habéis divertido ehhhhhh?
-no sabes cuanto, me han contestado.
-Aún tengo agujetas en el estómago me han dicho.
Con mi dignidad hecha trizas y la nariz de mi jefe también (tenía el aspecto de un boxeador después de una pelea), ha transcurrido la mañana hasta que ha llegado la hora de salir.
El jefe, el primero en salir se apoyaba en una muleta, y yo, solícita, le he preguntado
-¿quiere que le ayude-
-No, me ha contestado, mejor que no, ¿no cree que ya tengo suficiente por hoy?
Cuando se lo he contado a mi amiga ella me ha contagiado su risa y entonces, al recordar la situación he podido reír.
Lo peor habrá sido cuando mi jefe haya llegado a su casa e intentado explicar qué le ha ocurrido en la oficina.
Para que después digan que no es peligroso trabajar en un despacho.
Marisa martín
¡Santo dios, que día llevo!. Me han llamado para saber si en Ibiza llovería este fin de semana, y yo sin tener el título ese que hace falta para ser meteorólogo y entender las isobaras.
Por otra parte todo el mundo está de boda. Revuelo en Internet al salir la novia de un gran coche, páginas colapsadas. Que digo yo ¿no podía haberse casado en un día no laborable?, es que son ganas de fastidiar, que en la oficina tengo que estar atenta para que el jefe no me pille...
Ha salido del despacho sin hacer ruido, y yo tan ensimismada delante de la pantalla, viendo el vestido de la novia los gestos del novio, no me he dado cuenta hasta que él ha dicho
-Señorita, (siempre nos llama señoritas aunque tengamos cien años, que no es el caso, aún zapatero no ha puesto tan alta la jubilación), le falta la pamela.
Del susto que me ha dado, he tirado el vaso de agua (que es muy bueno, según dicen, beber mucha agua) encima de la mesa, ha escurrido por ésta hasta llegar a mi pantalón y claro he saltado para no mojarme.
Desastre total. Al saltar he dado un cabezazo al jefe que tenía tras de mí. He tirado la silla que se le ha caído en el pie malo, no he evitado que el agua empapase el pantalón del traje, y eso que en la etiqueta ponía “no lavar, limpiar en seco”.
El jefe, sangrando por la nariz, con el pie cojeando se ha retirado de mí rápidamente.
Yo, solicita, he intentado buscar un pañuelo en mi bolso con desparrame total del contenido sobre el suelo. Las llaves, el móvil, la cartera, unos caramelos, unas pastillas, la sacarina, una agenda, el tique del súper, la tarjeta del lavacoches, el tabaco, varios encendedores, tres bolígrafos de propaganda, una galletita de esas que ponen con el café en el bar de frente, y ¡horror! Un preservativo. ¿Pero desde cuando tengo eso en el bolso, y de dónde ha salido?.
Pero he sacado el kleneex y se lo he entregado con cara compungida.
Él después del asombro inicial y de colocarse el pañuelo sobre la nariz se ha fijado en lo único que quería hacer desaparecer, ¡el condón!.
Lo ha recogido del suelo, me lo ha entregado y con sorna me ha dicho
-Si que piensa usted celebrar bien la boda, no sabía que era tan peligrosa una boda real.
Me he disculpado un millón de veces, he intentado explicar, sin mucho éxito, que “eso” no era mío. Pero él se ha alejado con una sonrisa malévola.
Mientras tanto los compañeros se han desternillado, Manuela no llegaba ni al baño, Esther lloraba de risa, Armando se retorcía en su asiento, Juan tenía hipo...
Vamos que hoy le he alegrado el día a toda la oficina, a todos menos a uno claro, y sin proponérmelo.
Al cabo de unos minutos me ha llamado el jefe a su despacho. Yo temblorosa esperaba un despido o una bronca muy gorda.
Él, aún sonriente, (hay que reconocer que es todo un caballero) me ha invitado a entrar y a sentarme en el sillón delante de una pantalla de televisión dónde trasmitían la dichosa boda.
-Aquí estará más cómoda, me ha dicho.
En ese momento he deseado que se hundiera el mundo.
Pero el mundo no se hunde cuando uno quiere, así que pasados unos minutos de cortesía que me parecieron siglos, me he retirado a mi mesa a “trabajar”.
Mis compañeros, graciosillos ellos, habían llenado la pantalla del ordenador con esos papelitos de colores que se pegan y se llaman post it, y frases como “sácale provecho” “si quieres lo estreno contigo” “mira la fecha de caducidad”, “vive la boda loca” “¿aún los usas?”. Y por supuesto el látex dichoso en el centro.
Les he gritado ¿os habéis divertido ehhhhhh?
-no sabes cuanto, me han contestado.
-Aún tengo agujetas en el estómago me han dicho.
Con mi dignidad hecha trizas y la nariz de mi jefe también (tenía el aspecto de un boxeador después de una pelea), ha transcurrido la mañana hasta que ha llegado la hora de salir.
El jefe, el primero en salir se apoyaba en una muleta, y yo, solícita, le he preguntado
-¿quiere que le ayude-
-No, me ha contestado, mejor que no, ¿no cree que ya tengo suficiente por hoy?
Cuando se lo he contado a mi amiga ella me ha contagiado su risa y entonces, al recordar la situación he podido reír.
Lo peor habrá sido cuando mi jefe haya llegado a su casa e intentado explicar qué le ha ocurrido en la oficina.
Para que después digan que no es peligroso trabajar en un despacho.
Marisa martín
martes, 26 de abril de 2011

El tiempo que se termina no vuelve
El viento enfurecido arrastraba las olas hasta hacerlas chocar con ira contra las rocas, levantando espuma blanca, y llevándose, en cada abatida, micro trozos de su alma inerte.
El cabello enredado, los árboles murmurando en un vaivén de hojas entremezcladas, batiendo las ramas para no dejarse quebrar por la tormenta.
El temporal borra las lágrimas del rostro, fundiéndolas con la lluvia que brota de los negros nubarrones.
Al fondo, a punto de zozobrar, una pequeña embarcación hunde su proa en las turbulentas aguas.
En su vaivén se pierde la mirada, en el horizonte se funde el alma, en los acantilados se parte el corazón.
El tiempo detenido en el infinito. En la noche no hay estrellas y la luna no abre su camino en el mar para acudir a él.
Se ha detenido el planeta, los astros ya no giran. El universo entero se lleva el alma maltrecha dejando un cuerpo inerte.
Un frío banco de piedra, el mar abierto al frente. La lluvia torrencial barre el último resquicio y se lleva el aliento postrero. Los ojos abiertos con la mirada cerrada al amanecer que entre las nubes se vislumbra.
El arcoíris envuelve los huesos, mas no le pertenece el cuerpo que reclama la tierra.
Tierra roja y fértil que hará crecer margaritas del frágil envoltorio que es la carne.
Mientras, en un nuevo día, el fuego del sol calentará miles de corazones.
Muy pocos llorarán por esa vida perdida.
Al otro lado, en la dimensión opuesta, la paz, al fin, inunda el alma conseguida.
El espíritu sonríe. Las cargas ya no existen, el peso se ha ido. Libre vuela sobre un mar azul, sobre la verde hierba, habla con las montañas y grita al aire fresco de la mañana.
En una silla alguien llora. Son lágrimas por el tiempo perdido, por palabras no dichas, por los instantes vacíos.
El universo comienza a moverse. Un espíritu le envuelve susurrándole consuelo. Sus hombros se estremecen, hace frío. Suave algodón que limpia el rostro y él entiende.
Al comprender, seca sus lágrimas, extiende las manos para fundirse en el último abrazo.
Cielo y tierra se unen, agua y fuego se mezclan. El adiós se convierte en hasta luego.
Al llegar el sueño piensa que hablará con ella. Pero no estará. Así la garganta enmudece y aquello que no dijo se le clavará como dardos ardientes.
El tiempo que se termina no vuelve.
marisa martín
El viento enfurecido arrastraba las olas hasta hacerlas chocar con ira contra las rocas, levantando espuma blanca, y llevándose, en cada abatida, micro trozos de su alma inerte.
El cabello enredado, los árboles murmurando en un vaivén de hojas entremezcladas, batiendo las ramas para no dejarse quebrar por la tormenta.
El temporal borra las lágrimas del rostro, fundiéndolas con la lluvia que brota de los negros nubarrones.
Al fondo, a punto de zozobrar, una pequeña embarcación hunde su proa en las turbulentas aguas.
En su vaivén se pierde la mirada, en el horizonte se funde el alma, en los acantilados se parte el corazón.
El tiempo detenido en el infinito. En la noche no hay estrellas y la luna no abre su camino en el mar para acudir a él.
Se ha detenido el planeta, los astros ya no giran. El universo entero se lleva el alma maltrecha dejando un cuerpo inerte.
Un frío banco de piedra, el mar abierto al frente. La lluvia torrencial barre el último resquicio y se lleva el aliento postrero. Los ojos abiertos con la mirada cerrada al amanecer que entre las nubes se vislumbra.
El arcoíris envuelve los huesos, mas no le pertenece el cuerpo que reclama la tierra.
Tierra roja y fértil que hará crecer margaritas del frágil envoltorio que es la carne.
Mientras, en un nuevo día, el fuego del sol calentará miles de corazones.
Muy pocos llorarán por esa vida perdida.
Al otro lado, en la dimensión opuesta, la paz, al fin, inunda el alma conseguida.
El espíritu sonríe. Las cargas ya no existen, el peso se ha ido. Libre vuela sobre un mar azul, sobre la verde hierba, habla con las montañas y grita al aire fresco de la mañana.
En una silla alguien llora. Son lágrimas por el tiempo perdido, por palabras no dichas, por los instantes vacíos.
El universo comienza a moverse. Un espíritu le envuelve susurrándole consuelo. Sus hombros se estremecen, hace frío. Suave algodón que limpia el rostro y él entiende.
Al comprender, seca sus lágrimas, extiende las manos para fundirse en el último abrazo.
Cielo y tierra se unen, agua y fuego se mezclan. El adiós se convierte en hasta luego.
Al llegar el sueño piensa que hablará con ella. Pero no estará. Así la garganta enmudece y aquello que no dijo se le clavará como dardos ardientes.
El tiempo que se termina no vuelve.
marisa martín
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