miércoles, 15 de agosto de 2012

REDES SOCIALES


Que mal nos han hecho todos esos cartelitos que aparecen en las redes sociales, todas esas frases hablando de la felicidad, la negatividad, la amistad... y todos como borregos nos creemos lo que dicen.


Nadie quiere, ahora, que le “roben” su energía positiva, es como vivir (o pretender hacerlo) en el nirvana total. Solución me alejo de todos aquellos que no sonrían, que tengan el alma rota, aquellos a los que el corazón les sangre y la sonrisa les salga forzada. Me alejo porque se llevarán mi positividad, mis ganas de reír, de hablar, de bailar de llenar de luces mis largas noches solitarias.

La música apaga los sentidos sin dejar paso a conversaciones incómodas. No quiero escuchar, no quiero oír ningún problema, no quiero ansiedades ajenas, que eso se contagia y puede robar mis ganas de saltar.

Se llenan los días de bullicios, la soledad se esconde tras un muro, no doy paso a nada que pueda herirme, y tampoco pretendo curar las heridas de nadie. Que el otro se cuide las suyas, y cuando busque las noches de fiesta, entonces apareceré yo y le tenderé esa mano que ya no necesita. Así la conciencia permanecerá callada y no me sentiré mal.

Cuando yo caiga tampoco habrá nadie para levantarme, porque nadie se dará cuenta, aletargados los sentidos ninguna voz de alarma surgirá. Entonces comprenderé y será tarde, porque a lo mejor ya no quiero levantarme o simplemente no puedo. Porque he sido el apóstol del universo que atrae solo la felicidad, sin saber que existen agujeros negros, que en la vida y en el universo y en las estrellas existen aniones negativos, que el yin y el yang se complementan y nadie puede abstraerse a su influjo.

Simplemente es una reflexión, pensemos cuando colguemos una frase hecha, que para nada nos identifica. Es fácil dar un “me gusta”, sin destripar las palabras, sin pensar más allá de ellas. Las palabras son solo eso, palabras. Sirven para llenar cuadernos, para hacer poesía, para rellenar un cuadrito rimbombante. Sin embargo no se utilizan para dar ánimos en persona, un abrazo virtual no vale nada, un abrazo cálido trasmite paz.

Hay personas que viven en la misma ciudad y no se ven, pero se trasmiten mensajes para que todo el mundo los vea. Eso, ¡ amigos míos! Solo sirve cuando la otra persona está lejos y es una buena ocasión para comunicarnos, ya que no podemos hacerlo de otra manera. Pero seamos conscientes, ¡basta ya!. Basta de sentarnos delante de una pantalla para decir que guapa estas, que bien te sienta, me gusta, signos que al apagar la pantalla se apagarán con ella. Que no valen porque no se sienten.



Y ¡basta ya! De pensar solo en nuestro bienestar, lo más oído es “si yo soy feliz, haré feliz a los demás”, es cierto, pero también es cierto que si hago felices a los demás yo puedo ser feliz. Esto último se ha perdido, de no utilizarlo.

No está todo perdido, siempre hay grandes personas que saben mirar, y pueden ver en los corazones ajenos, que intentan curar esas heridas invisibles, con paciencia, tiempo y sin grandes alardes ni bullicios. El alma herida no entiende de aglomeraciones, de estridencias. Solo necesita un poco de silencio y alguien con quien caminar mientras llega la sanación, o el final del camino.



Agosto 2012


sábado, 21 de julio de 2012

Julio 2012



¿Por qué me pides que escriba, si después no te gusta lo que hago?,¿ Si no puedes comprender el alma atormentada?, o no quieres profundizar en las tinieblas que pululan por ella, porque así no te enfrentas a tus propios fantasmas, porque de esa manera acallas la conciencia, duermes el espíritu y escondes el alma.

Entonces no me pidas que rellene un papel en blanco, que delante de una pantalla teclee palabras y más palabras que apenas tendrán sentido.

Durante el día, mientras el sol calienta, las temperaturas suben, los cuerpos sudan, se busca una sombra, un lugar con aire acondicionado, la playa, el agua...

Al llegar la noche, noches cálidas de verano, de estrellas parpadeantes, de lunas visibles, de escotes y risas, de arenas finas que el agua del mar se lleva, mares de aguas templadas, el agua oscura. La luna centellea en cada gota abriendo un camino. Camino que en la soledad nos atrae cada vez más, adentrarnos en él, hundirnos en la profundidad, desaparecer bajo el influjo lunar, únicos testigos las estrellas sabedoras de grandes secretos.

El agua en las rodillas, el agua en la cintura, el horizonte perdido en la oscuridad de la luna nueva. Sola la tierra, que entera grita, el mar llama a la calma cual útero materno. El agua en el cuello, no hace frío, no hay calor, salitre en los labios, los cabellos húmedos. Los pies no tocan la arena, siguen moviéndose, avanza, adelante, no flotes, la cabeza se sumerje, los sonidos desaparecen, los ojos se cierran.

Todo ha perdido importancia, el mundo se quedó atrás, la música en las discotecas, los bares llenos, el alcohol sustituto de la verdad, risas estridentes que siempre son falsas risas, cenas copiosas con amigos de juergas, nadie pasea solo por la playa, nadie contempla el universo, nadie saluda una estrella.

Ojos de pinturas llenos, labios rojos de carmesí, brillante el rostro con polvos de purpurina hechos, el bolso a juego, de tirantes la blusa y el pantalón fresco. Horas delante de un espejo, para tapar los sentidos, para buscar y no encontrar, para llenar minutos, horas o noches de artificios. Nada es natural porque al alma le sobran los adornos, porque no se deja comprar, porque siente nuestra soledad profunda. Pero así la tapamos, la ocultamos, la escondemos. Para no oírla, no sentirla. Para no saber quién somos.

Llenamos los días de actividades vanas, para rellenar horas, para matar el tedio. Porque al estar vacíos sentimos el peso de las horas muertas. El pensamiento se ha alejado de nuestra mente porque en algún lugar le abandonamos. Y siempre repetimos, como un mantra tántrico de nuevos tiempos, el presente es lo único que cuenta.

Y mientras vivimos ese presente incierto, no aprendimos nada del pasado nuestro, ni esperamos nada de un futuro que no tenemos, ni dentro ni fuera, ni en la eternidad creemos. Porque las estrellas son de gas, los planetas se rigen por un orden establecido, la luna no tiene luz propia, porque la noche ya no es mágica y la alumbramos con luces falsas, pero muchas, con ilusiones perdidas que nunca tuvimos. Mientras reímos en ese momento para que todos nos crean felices, para que a nadie le moleste el rictus amargo de la desesperanza puesta.

Así los pies dejan de moverse, el cuerpo comienza a hundirse, el instinto hace que los brazos se muevan, de nuevo sacamos la cabeza, respiramos el aire fresco de la noche. Ni una ola, todo en calma, es difícil hundirse, la materia no nos deja, el cerebro envía señales de supervivencia.

Una hora, dos, el tiempo carece de importancia, la noche comienza a clarear, las yemas de los dedos arrugadas, de nuevo los pies comienzan a pisar arena.

Esa noche no ha sido, mañana quizás, tal vez, lo consiga. La paz, el sueño, y dejar atrás los bullicios del sálvese quien pueda.

Quizás sea más cómodo de otra manera, quizás no reacciones la mente por la supervivencia, quizás pueda alcanzar las estrellas.

Ya que aquí el corazón envejece, el alma muerta está, los ojos no saben ver lo esencial, y mis manos están vacías.

Puede ser que la noche vuelva a llamarme y yo acudiré, para perderme en ella, para irme sola.

Porque es en la soledad donde me encuentro, porque es allí dónde nadie me conoce y respiro, no hay explicaciones, no hay excusas, no existe el trabajo de convencer de nada, porque me escucho y me entiendo, y la humanidad desaparece, y el yo, tiene sentido y cobra importancia. Y no tengo que pintar una sonrisa sin tenerla.

Te espero noche, en las estrellas nos vemos. Acudiré a ti mientras me vistes de sueños, mientras las hojas murmuran suaves melodías, la cálida arena se hunde bajo los pies descalzos. Dormiré en la orilla, la pleamar me llevará con ella.





domingo, 20 de mayo de 2012

Después de unas copas




No se porque nos empeñamos tanto en esconder aquellos que llevamos muy dentro y que el alcohol es capaz de sacar en dos segundos.

Ahora estamos empezando a familiarizarnos con la prima de riesgo (que no es la prima del pueblo), con el ibex con los números y con la banca. Y digo yo ¿a mi de que me sirve toda esa información cuando mis ingresos no puedo estirarlos hasta final de mes?, que me importa si la bolsa sube o baja si no tengo un maldito duro invertido. Porque mis inversiones se reducen a comprar la comida y a pagar la luz y el agua y la comunidad y el café del domingo...

Cuando solo veo las grandes casas en programas de la tele, y si quiero ver una puesta de sol me tengo que ir a un acantilado o a una playa porque desde mi casa no veo casi el mar....

Porque el casino para mi es un letrero que se anuncia y los privados de las discotecas una leyenda urbana.

A ve,r si me tomo una botella de cava en mi casa, comprada en un hiper, y entonces quiero a toda la humanidad porque ya estoy un poco”bolingas”, y alguien me cuenta que en tal discoteca la botella de champagne cuenta 6.000 euros que yo no he visto en mi vida juntos, que alguien se gasta los 30, 40 o 50.000 euros en una noche y yo no los gano en un año.

¿y qué más da todo eso?, yo tengo una terraza y una familia con la que comparto mis grandes cogorzas de cava, al fin y a la postre el dolor de cabeza del día siguiente es el mismo. Y me pongo cariñosa con todo el mundo, y quiero a toda la humanidad sin saber que eso implica también querer a los que me envidian, a los que me odian, a los que me ignoran. Y no, a esos no les quiero, tampoco siento nada especial, simplemente ignorancia.

Al igual que ellos ignoran mi remota existencia, no existo, no hago historia, no aparezco en anuarios, no doy grandes cantidades de dinero a causas benéficas, en fin la humanidad entera podría pasar sin mi existencia pequeña e insignificante.

Sin embargo, mi familia, mis amigos ¿podrían ignorar que he existido?. Prefiero pensar que no, que al menos alguien me recordará y podré perdurar un par de años en su memoria.

Y algo más en la memoria de mis hijos, ellos, al menos, recordarán que tuvieron una madre inconformista, una madre que les daba un beso de buenas noches, una madre que por encima de todo les quiere o les quiso, una madre dispuesta a dar su vida por ellos.

No es algo inhabitual, es lo normal. Aquellos que llenamos las calles, el metro, los autobuses, que madrugamos cada día para ir a trabajar, que soñamos con una vida mejor, todos haríamos lo mismo por nuestra prole.

Así que me pregunto ¿ qué me hace especial a mi?. Y me respondo nada, nada en absoluto, soy un pequeño grano de arena en la playa, una gota de lluvia en la tormenta, una hoja mecida por el viento, una micramillonésima parte de éste planeta que se mueve. Y con él el tiempo se esparce, se dilata, se escurre y se pierde entre sueños rotos y conversaciones llenas de deseos irrealizables.

Los sentidos se nublan, se adormece la realidad, el sol calienta los cuerpos, el viento suena entre las ventanas, se escuchan los árboles murmurar, las olas contra las rocas, y se espera que llegue la noche y salgan las estrellas, brille la luna y al apoyar la cabeza en al almohada vuelvan los duendes a provocar sensaciones olvidadas. Vuelos encima de los océanos, entre grandes montañas. Es el espíritu liberado del cuerpo, sobrevive, vive, se agranda y la envoltura nada importa.

Al llegar la mañana, los vapores etílicos provocan resaca, la garganta reseca, la cabeza dolorida, los sueños hechos añicos cual espejo roto.

Y somos una sombra de nosotros mismos, un fantasma que cumple con los quehaceres diarios. Autómatas, hormigas, rutina que envuelve sin dejar que los pensamientos puedan esparcirse y vagar libremente por el universo.

Son las siete, suena ese maldito despertador, y empezamos odiando el día, saliendo de las tibias sábanas que nos han cobijado unas horas.

Comenzamos a ser parte de la sociedad que jamás se acordará de nosotros, que nos olvidará como olvida la tormenta.

Dibujamos la sonrisa, falsa sonrisa, en el rostro, y fingimos que somos felices.

Nadie, nunca, jamás, sabrá que anhelamos otros horizontes, otros mares, que podríamos perdernos en grandes praderas, en anocheceres cortos, en horizontes lejanos, en el tiempo sin medida. Que nuestro deseo de fundirnos con el universo entero, de formar parte de él, sin espacio, el ser sin ser jamás. Permanecerá oculto en lo más íntimo de nuestro ser, en el último rincón de un alma adormecida, sedada por los ruidos cotidianos, por las falsas risas, de los puñales convertidos en abrazos, de la sangre que brota de aquellas flores que jamás pudieron pertenecernos.







marisa mayo

domingo, 8 de enero de 2012

EL EDIFICIO DE LADRILLO ROJO




El edificio de ladrillo rojo se elevaba sobre la agreste llanura teñida por el otoño de colores ocres y apagados.

La demolición sería inminente, y con ella atrás quedarían años de litigios y anónimas vidas que como el invierno en ciernes fueron apagándose tras los muros ahora condenados.

El color amarillo de palas y excavadores dibujándose en las inmediaciones, esperando, como los buitres, para despellejar a la pieza, creaban un aire futurista, dando tintes de irrealidad a la escena.

El explosivo, colocado estratégicamente en sus entrañas, guardaba celosamente los secretos del hormigón deteriorado y del hierro agujereado por la acción corrosiva del óxido.

Ninguna lágrima se derramó por él, ningún recuerdo pugnaba por asomar. Quienes lo habitaron tiempo atrás moraban ahora bajo una lápida de piedra.

Nadie se había salvado de una extraña enfermedad que, como en un holocausto, se llevó al otro lado a todos sus moradores. Sus decrépitos cuerpos fueron diseccionados una y otra vez para dar con la causa de tan extraña epidemia. Llenos de suturas y sin órgano alguno, fueron enterrados sin ceremonia, sin llanto ni estridencias, en el cementerio local.

Más tarde el silencio en el páramo se hizo denso, produciendo un extraño escalofrío al pasear por sus inmediaciones.

Años después quedó sellado y precintado.

El día había llegado causando cierta expectación entre los habitantes del pueblo más próximo. ¿Volvería la maldición?, se preguntaban los más ancianos.

Sin embargo no había ocurrido nada extraño. Los técnicos y trabajadores entraban y salían a su antojo.

El cordón de seguridad acabó cerrándose, y todos se retiraron a sus respectivas posiciones, a salvo de los desprendimientos y de la intensa polvareda, preparando las máscaras esperaron.

De nuevo el silencio se apoderó de la zona.

Una mano se apoya sobre un teclado, emite una orden y roza el botón rojo. Saboreando los últimos segundos del viejo edificio, (le gustaba hacerlo antes de una voladura, siempre lo hacía, eran sus instantes mágicos, decía).

Un pájaro cae muerto a sus pies, lo mira pero ya es tarde, el cerebro envió la orden de apretar el botón al extremo de la mano que se desliza hacía abajo, el color no se ve.

Fue el primero en comprender.

Los restos humanos se esparcieron en varios kilómetros a la redonda, las relucientes máquinas se derritieron dejando un reguero de amarillento líquido que teñía los guijarros del alrededor.

El edificio se elevaba sobre la planicie amarilla.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

YA PASÓ



-Ya pasó, ya pasó. No dejaba de repetir una y otra vez.

Al otro lado, Agur le miraba preocupado y perplejo. Hacía tiempo que se conocían, pero nunca le había visto de aquella manera.

Nervioso, paseando con las manos detrás, pasos rápidos y la mirada perdida repitiendo una y otra vez “ya pasó, ya pasó”.

Al fin se atrevió a preguntarle ¿Qué ocurre, qué es lo que ya ha pasado?

Se sentó delante de él, con las piernas cruzadas, la mirada implorante, la respiración se pausaba.

-La navidad, le contestó con voz apenas audible. La navidad, repitió en tono más fuerte.

Para convencerse, para saber que era cierto, que había pasado. Un día más, una noche como otra. A pesar de las falsas sonrisas de vecinos y conocidos, de los buenos deseos que nunca quería oír.

-¿No te gusta la navidad?, le pregunto su amigo

-Para mi no existe, no me gusta, odio los falsos deseos de paz y alegría, odio las falsas risas, odio las bolas relucientes, los árboles con sus lucecitas, los belenes, la comida, las tradiciones. Odio que todos nos creamos mejores de lo que somos simplemente porque sonreímos al vecino y le deseamos felices fiestas. Odio el consumismo exacerbado que se apodera de todos. Odio que se compren los afectos con regalos...

-Bien, le cortó Agur. Yo también odio todo eso. ¿ No te he contado mi historia verdad?, ¿No sabes porque me llaman Agur?. Pues bien acomódate que te lo voy a contar.

Hubo un tiempo en que fui un niño feliz, tenía todo lo que podía desear, un hogar acogedor, el cariño de mis padres, en fin mis navidades eran felices. Aún recuerdo el olor a galletas que hacía mi madre, oigo el ruido del agua en el nacimiento que mi padre colocaba con sus figuras talladas por él mismo durante todo el año, no existían ostentaciones, nuestro árbol no contenía montones de paquetes, solo tres, uno para cada uno. Éramos felices aunque nuestra casa fuera la menos iluminada del barrio, dentro de ella existía la luz que otros colocaban fuera.

Sin embargo un día todo cambio. Muchas noches lo recuerdo, y te aseguro que me duele el alma al hacerlo. Salí a despedirles, como todas las mañanas. Cada día les decía adiós de una forma diferente, yo era un niño, me quedaba con mi abuela mientras ellos trabajaban. Aquel día les dije “agur”, me había gustado la expresión.

Entonces ocurrió, delante de mí, de todo el vecindario. Un camión sin frenos, sin control, se llevó su coche, desapareció debajo de las ruedas y explotó.

Me quedé en estado de skoc y estuve mucho tiempo sin hablar, sin decir nada, solo repitiendo “agur”.

Todos comenzaron a llamarme el niño agur.

Hasta que un día entendí que ellos me habían dado todo el cariño posible, me enseñaron a amar, a no desear aquello que era superfluo, a sonreír a todos aquellos que necesitaran una sonrisa, un rostro alegre.

Entonces supe que quería hacer en la vida, entonces empezó a cicatrizar mi corazón y pude abrirme al mundo.

Y ahora me gustaría aliviar las heridas del alma, aquellas que más duelen. Que mis brazos sirvan para el reposo de alguien necesitado.

Para mí la navidad no es comprar regalos, no es comer hasta hartarse alimentos caros, no es colocar el árbol más grande de todo el vecindario.

Es mantener una conversación relajada con mis amigos, calentar un chocolate y reír al mancharnos, es colocar aquellas figuras que mi padre tallaba, encender mi pequeño árbol y al que cada año le quedan menos bolas. Es disfrutar el momento porque no sé si habrá más navidades. Pasear por calle iluminadas porque eso las hace especiales. Salir a la ventana para comprobar el frío de la noche y desear con todas mis fuerzas que nadie esté sin un techo para cobijarse.

Sé que puedo hacer poco, sé que ni siquiera soy un grano de arena en el desierto, pero si mis amigos de verdad ven que soy feliz, si puedo trasmitir un abrazo con la mirada, abrir la puerta para que otro encuentre unos momentos de sosiego, para que pueda reír, si logro algo de todo esto, seré feliz. Porque esto es navidad, pero no me conformo con una semana al año.

Navidad es nacimiento y cada mañana quiero nacer a la vida, a los rayos de sol para calentarme, a la lluvia que refresca la cara, a la tormenta para poder ver el arco iris,

Y ahora amigo, ¿dime tu por qué deseas cerrar los ojos, por qué quieres esconderte de la navidad?.

-Añoro a los que no están. Odio todos los intereses creados en estos días, la superficialidad, solo consumimos, gastamos, el vestido para la cena, las tiendas llenas, las diferencias entre los que tienen y los que solo desean.

Eso no podremos evitarlo. Los que no están viven en nuestros corazones, y algún día seremos nosotros los que faltemos en una mesa. ¿Sería un motivo para que no se pusiera esa mesa?. Si muchos no entienden o no quieren entender su significado, poco podremos hacer nosotros. No intentes cambiar el mundo si antes no puedes cambiar tu.

Ahora estamos los dos, con heridas en el corazón, con sillas vacías. Pero si tu quieres podemos sentarnos en esta mesa y compartir la comida.

-Pero navidad ya pasó-

-Nunca pasa, se esconde. Saca esas rebanadas de pan, colocaré el mantel rojo tan alegre, allí tenemos una botella de vino, mira el frigorífico y saca lo que encuentres, hay fiambre, un poco de paté. Encenderé unas velas.

Transcurrió la noche apacible, y sus risas se elevaron a las estrellas. Los vacíos se llenaron por unas horas, los recuerdos no hacían tanto daño, porque al compartir el dolor se arrancan espinas.

jueves, 20 de octubre de 2011

Página en blanco




Página en blanco, desafío constante al intelecto.

Llamada penetrante para que alguien le de vida, un sentido y no un derroche.

Página en blanco para llenar de nubes, risas, lágrimas. Para jugar con la magia de los números o inventar nuevos acordes musicales en un pentagrama.

Ha llegado el otoño, a mis pies una hoja amarillenta, cae y se eleva movida por el viento. En el horizonte negros nubarrones anuncian tormenta.

El tiempo cambia, el tiempo corre. Los minutos, las horas, los días, traspasan como lanzas los cuerpos jóvenes.

Mientras el otoño se adentra, dejando atrás un verano cálido, largo, de aguas transparentes y blancas arenas. Anuncia lluvia y el bañador (cómodo, ligero, atrevido) deja paso a las prendas que cubren los hombros, los brazos, las piernas.

Se entristece el dorado adquirido por la piel, que va apagándose dentro de las fibras y palideciendo poco a poco, día a día.

Añoramos el sol, maldecido en las pesadas calimas estivales, la luz de los días largos, las claras noches de luna llena.

El otoño nos trae las noches largas, los días cortos, las grises nubes, el manto esparcido de las hojas caídas, las ramas desnudas preparando el invierno. Los paraguas abiertos, el asfalto brillando por las miles de gotas de lluvia, los pies mojados, el estornudo, presagio de enfriamientos y malestares.

El otoño es para el poeta fuente inagotable de versos encadenados para formar un soneto. Poesía que regala tonalidades cromáticas para que el escritor les de forma con palabras, el pintor las plasme con su paleta y el poeta las ensalce.

Tiempo de romanticismos trasnochados y a la vez vigentes en cándidas almas de juventud llena o en corazones rotos de edad tardía.

Tiempo de vinos y amigos, de paseos por el monte, de cacerías, de botas embarradas, impermeables imposibles, colores apagados tierras, ocres, amarillos...

En el mar espuma blanca que a los barcos vapulea, salpica su agua en los rostros que se acercan, arrastra la arena e inicia su lucha contra las rocas.

Comienzan los olores a tierra mojada, a pan recién hecho, a salitre.

Los sentidos despiertan del letargo estival.

Llegan las musas en el aire fresco en el agua de lluvia, en la espuma del mar.

Y así, la página en blanco agradece la vida, se llena de palabras como el lienzo de imágenes.

El tiempo transcurre en lenta armonía, escurriéndose entre los dedos sin poder retenerlo.

Mientras el corazón sigue latiendo y el alma se pierde en cortos amaneceres.





martes, 13 de septiembre de 2011

CUANDO LOS LABIOS NO SONRÍEN


Anochecía y el recuerdo le quemaba el alma. El sol ocultándose tras el horizonte, dejaba al descubierto los grandes fantasmas de un pasado pleno de remordimientos, un pasado vacío de significado. Ahora, cuando creía rozar la mitad de su vida, se sentía solo, cuando los ojos ya no lloraban y os labios no sonreían, al atardecer de los sentidos, delante de unas páginas en blanco, con un vaso en las manos, se dejaba invadir por mil sensaciones, intentado llegar a los más íntimo de su ser. Para conocerse, para odiarse tal vez o para quererse y poder, así, reconciliarse con el mundo.

Era entonces, en esas horas tardías, cuando su corazón la llamaba, de su garganta escapa un nombre para rebotar por las paredes desnudas de la casa vacía.

Los recuerdos se agolpaban. Un árbol, un río, sus frías aguas corriendo veloces cauce abajo, aquélla piedra redonda dónde sus cuerpos reposaban, la brisa suave que les hacía temblar, las promesas perdidas, los lazos rotos, sus azules ojos mirándole.

¡Había amado tanto!. Todo lo perdió.

Quizás su orgullo le impidió volver, quizás la marea de la vida le volteó con tanta fuerza que no tuvo el valor suficiente para luchar contra ella, quizás la vida sea injusta, quizás la muerte les una.

Apuró de un trago el vaso que sostenía, y, cómo cada noche, comenzó a escribir una carta que jamás terminaría, una carta que nunca sería leída. Letras que alimentarían las llamas de la chimenea encendida, el viento del otoño esparciría el mensaje, las cenizas reposarán en tierra fértil.

De nuevo repitió su nombre, una y mil veces, para conjurar el pasado, para volver al inicio, para no sentirse otra vez solo, para tenerla de nuevo, para llorar por ella, sentir su pelo, tocar sus manos, rozar sus labios. Se dejó transportar por el tiempo, otra vez los recuerdos...

La lluvia mojaba sus caras, corrían a refugiarse en aquella casa abandonada, reían como dos niños. Colgaron las ropas, se sentaron juntos, hablaron, se abrazaron, los besos impregnaron las viejas paredes de madera. Las palabras de amor se fijaron para siempre en las habitaciones cerradas, el olor a tierra, el golpear de las ramas...

Suspiró, abrió los ojos y de nuevo se encontró en su casa vacía de paredes blancas. No llovía, no hacía viento, las estrellas en el cielo le gritaban mil canciones.

El corazón le dolía. El alma despertaba para morir cien veces.

La noche, inexorablemente larga, larga, oscura y pesada, se fijaba para siempre llenando el corazón solitario.

Él se engañaba con la felicidad mundana, los halagos, las risas, el trabajo y la adulación. Rodeado de personas a las que no importaba en absoluto acallaba los sentidos. Pero al llegar la noche y salir la luna, en el ocaso del sol, la verdad aparecía de nuevo.

Ahora la llamaría, esta noche apacible terminaría esa carta maldita.

Escribió palabras tiernas, solicitudes de perdón, derrochó el amor que nunca se atrevió a confesar, la llamó mil veces.

De tinta llenó los espacios blancos del papel marchito, las lágrimas corrían por las mejillas, la noche terminaba.

Rasgó los folios escritos, rompió el pasado en mil trozos. Se vistió de sonrisa, se adornó de soberbia y anduvo el camino de siempre.

Saludaba de un lado a otro miraba el sol de la mañana. El portafolios en la mano, gafas para los ojos, un traje gris, la gabardina impecable, henchido el pecho.

Despertaba las envidias, las pasiones. La vida le sonríe –decían- al verle, el paso decidido el caminar altivo. El sol ocultaba las heridas cual bálsamo cicatrizante. El ruido acallaba los deseos, el mundo, girando, embrutecía los sentidos.

Una intensa punzada, dolor en el pecho, cae la cartera, se doblan las rodillas, más dolor, la niebla oculta la calle, los gritos en silencio, ve y no siente. La cabeza golpea el suelo, el dolor termina, de sus labios inertes una súplica, un nombre, María.

Ella viene, le sonríe, acaricia sus sienes. Le tiende la mano. Un túnel, a lo lejos la luz, la pradera verde, el océano azul, los colores, allí le espera.

En las nubes se aman, se encuentran sus almas gemelas. En la tierra reposan los restos que a nadie le importan.